10 mayo, 2009

LUISA Y LUIS


«Es difícil ser escritor para un chico de pueblo en quien su madre ha puesto todas sus esperanzas».

La frase no es mía; la autora es Luisa Cuerda y pertenece el arranque de su última novela, El chico de la cigüeñas, publicada hace unas semanas por la editorial gallega Ediciones del Viento. Y cuando la leí no me acordé de mi madre, ni del chico de pueblo que fui, ni de mi deseo de ser escritor. Me acordé de mi amigo Luis Guerrero y de aquellos tiempos en que luchábamos para que la policía no nos desalojara de la biblioteca, o para que no fuera un aula de castigo ni un comedor escolar, sino un lugar para realizar encuentros literarios, manosear libros, ficharlos y leerlos. Por aquellos días -ahora esos tiempos ya son historia-, mi amigo Luis pasaba horas clasificando libros con un teclear silencioso y solitario. Me confesó, en una ocasión, que nunca dejaba pasar un libro por sus manos sin leer al menos la primera frase. Pues bien, estoy convencido de que si este libro hubiera caído entonces en sus manos y hubiera leído esta primera frase, no habría podido dejar de leer hasta la última línea de la novela.

No es la primera vez que hablo de la obra de Luisa Cuerda, ni será la última. Después de aquel Territorio Fray Gerundio de hace un mes, he podido leer otros libros de esta escritora madrileña, que vive cerca de los Montes Torozos y que todas las mañanas ve salir el sol sobre una muralla medieval que mira a los infinitos campos castellanos.

El chico de las cigüeñas es una novela sobre la memoria, sobre la idealización del pasado, sobre los secretos que se guardan durante toda una vida; pero es mucho más que eso. Cuenta la historia de Santiago, un escritor que ha conseguido el éxito, y de Ventura Vázquez, su antiguo maestro del pueblo. El primero ha pasado ya de los cuarenta años, y el segundo tiene setenta y tres. Santiago encuentra en una pensión de mala muerte de Madrid al anciano maestro y decide rescatar de la memoria aquellos acontecimientos de juventud que marcaron su vida e incluso su carrera literaria. Pero las cosas no suelen ser como se recuerdan, y para eso está Ventura Vázquez, para recordarle a Santiago que con frecuencia idealizamos el pasado.

La novela es una forma de sentir el sabor agridulce al conocer la realidad, la excusa para mirar atrás con escepticismo, el camino para descubrir un secreto del pasado ignorado por uno de sus protagonistas. Luisa Cuerda utiliza el lenguaje narrativo con las herramientas del teatro y de la novela. Algunos capítulos son diálogos desnudos, sin acotaciones ni intervención del narrador, donde podemos sentirnos espectadores sentados frente a un escenario desnudo y minimalista: sólo dos hombres, uno frente a otro, en un ejercicio dialéctico que los desnuda y a la vez los caracteriza.