14 febrero, 2012

MUSAS, MUSARAÑAS Y LIBRETAS DE TAPAS NEGRAS



Me gustaría creer en la inspiración, pensar que existe una fuerza superior, una musa  o musaraña alada que sobrevuela el techo de mi estudio, que me ayuda a entrar en trance cada mañana y me dicta las historias, los tratamientos, los personajes, los diálogos. Pero en cuestión de musas me declaro escéptico recalcitrante.

Desde que tengo “uso de razón literaria”, lo más parecido a la inspiración han sido una serie de libretas de tapas oscuras que me han acompañado siempre. Ahí anotaba (y lo sigo haciendo) cualquier cosa que se ponía a tiro: una frase oída al vuelo, un rostro que me llamaba la atención, el ambiente de un bar, el olor de una casa, la cojera del cartero, una idea peregrina, una noticia leída en la prensa; impresiones que surgían como destellos en los sitios más inesperados. El resto pasaba a esa capa profunda del cerebro adonde rara vez llega la memoria.

Mis musas son esas libretas que ahora duermen en archivos de cartón, de las que salieron algunos cuentos, novelas o cosas más «indecentes», como flases de la memoria. Por eso un día ya muy lejano decidí llamar «chispazos» a la inspiración. Un chispazo es, en mi jerga, cada una de esas anotaciones (miles de anotaciones, si hago recuento de lo que guardo en los archivos). Cuando dos chispazos se unen, suele surgir un cuento, y si prenden más de dos se terminan convirtiendo en novela. La teoría es tan sencilla que incluso resulta pueril. Pero efectiva, debo añadir.

El 1 de julio de 2007 llegaba yo a México D.F., a las 11,30 (hora local), en un «viaje literario» que iba a durar hasta diciembre y que me llevó a 18 países del continente americano. En el aeropuerto me esperaban Estela Carrillo y Marisol Schulz, mi editora mexicana. Me hospedé en el Hotel Royal Plaza, habitación 203, suite Diamante. La libreta que llevaba en mi bolsillo medía 9 x 14 centímetros, y a los cuatro días resultó insuficiente. Habría sido imposible recordar todas las cosas que empezaron a ocurrirme a partir de ese domingo, si no hubiera sido por la libreta.

Durante muchos días, semanas, meses, las “Libretas de América” fueron engordando con tantos chispazos que aquello parecía una celebración china de fuegos artificiales. Para alguien que escribe movido por semejantes impulsos, aquello resultaba una borrachera creativa. Habría necesitado varias vidas para escribir tantas historias que me salían al paso. Hasta el punto que decidí controlar mis impulsos y separar los chispazos en compartimentos para que no produjeran un cortocircuito creativo, cosa que estuvo a punto de ocurrir.

El sábado 4 de agosto llegué a Santiago de Chile, después de un viaje terrible, por las turbulencias, sobre unos Andes nevados y gélidos. El domingo amaneció un día de invierno desapacible. Alejandro, Cristhian y Paula Lacámara me llevaron a Isla Negra, a conocer el universo de Neruda. Después fuimos a comer a Valparaíso. Y ahí surgió uno de los chispazos más potentes que recuerdo de aquellos meses. Nos extraviamos en las calles enrevesadas de los cerros y tuvimos que pedir ayuda para llegar al restaurante que buscábamos. Recuerdo  que una chica que estaba asomada a una ventana salió a la calle para indicarnos el camino. Nos dijo que tenía un bizcocho en el horno y que por eso no podía acompañarnos. Con sus indicaciones encontramos el restaurante.

Desde lo alto de los cerros, la visión de la bahía en una tarde lluviosa habría dado para muchas anotaciones en mi libreta. Pero apenas anoté «Valparaíso es uno de los lugares más bellos y decadentes que he conocido». No hacía falta escribir nada más. El resto era cuestión de vivirlo.
 
En las anotaciones del martes 7 de agosto dice: “Jornada dura de entrevistas en Santiago. Anécdota: la chica del bizcocho es maquilladora”. Después de un día muy largo, terminé en una cafetería, donde se grababa un programa literario en el que yo iba a participar. Efectivamente, la maquilladora era la chica que dos días antes nos había ayudado a llegar al restaurante de Valparaíso, una ciudad de casi 300.000 habitantes, a 90 kilómetros de Santiago, en la que  viven 5 millones y medio de almas. Ese chispazo pasó también a mi libreta bajo el subtítulo «¿Es posible que nuestra vida no sea más que un cúmulo de casualidades?». Era una pregunta retórica, porque la respuesta es mi manera de entender el mundo desde hace muchos años.

En junio del año siguiente (haré una elipsis literaria y vital) me encontraba en Milán presentando la traducción de una novela editada por Feltrinelli. Para entonces Valparaíso y su bahía ya estaban enterradas en mi memoria. O eso creía yo. Estaba sentado frente a Carlo Feltrinelli en el salón de la casa familiar. Hablábamos de Bob Dylan y bebíamos gin tonic. Al echar la tónica en mi vaso, una gota cayó lenta, muy lenta (eso es lo que yo creo recordar), sobre la alfombra. Y recuerdo, o creo recordar, que mi mirada bajó al suelo detrás de la gota y luego volvió a la mesa y se posó sobre un libro escrito por Carlo, que me acababa de regalar: Senior Service. Era la biografía de su padre, que fundó la editorial. Y en ese momento, justo en el instante en que la mirada pasaba de la alfombra a la portada del libro, Valparaíso salió a flote en mi memoria. No sé por qué, pero ocurrió. Y apareció la bahía como si la tuviera delante; las nubes de aquel domingo desapacible de invierno; la chica del bizcocho; el recorrido a pie por las cuestas de los cerros; la lluvia…

Esos dos chispazos (me resisto a llamarlos inspiración), tan alejados en el tiempo y en las libretas, terminaron por prender y provocar un incendio. De ahí salió una historia que me llevó más de un año de trabajo, mucho tiempo después, cuando Valparaíso y el gin tonic de Milán quedaban ya lejos. Y la historia se ha convertido en una novela que se titula Cárceles imaginarias, dedicada a Marisol Schulz, que vino a recibirme al D.F. y me despidió seis meses después en Guadalajara, arranque y final de un viaje larguísimo lleno de chispazos, de turbulencias sobre los Andes, de encuentros y muchas otras cosas que quedaron plasmadas en libretas de 9 x 14,  como trozos de vida que ahora duermen olvidados en archivos de cartón.

09 febrero, 2012

PERIODISMO Y CIENCIA FICCIÓN


Abro el periódico y leo:

«Los consumidores españoles gastarán este año 12.000 millones de euros en productos tecnológicos, un 6% menos que en 2011, según la consultora GFK. Ello supondrá la cuarta caída anual consecutiva. De la cifra total, el 23% se destinará a adquirir smartphones y el 4%, 480 millones, a tabletas. Estas serán las únicas categorías de producto que subirán en ventas». 

Paso página y la siguiente noticia cuenta lo que ocurrirá con la economía en el primer trimestre de 2011. Algunos dan incluso la cifra de parados que habrá a finales de año. Busco otra al azar y me cuentan, igualmente, lo que ocurrirá en la gala de los Premios Goya el 19 de febrero.

Reflexión:

 ¿Esto es periodismo o ciencia ficción? Antes, la prensa contaba las cosas que habían ocurrido; ¿ahora cuenta las que van a ocurrir? Hace un par de años que algunos medios de comunicación se han convertido en los Aramís Fuster del periodismo. Con calculadora en mano y utilizando un regla de tres, a ratos con la «cuenta de la vieja», compruebo que el 55% de las noticias de hoy son sobre el futuro.

Conclusión:

1.      Para leer sobre el futuro, prefiero leer 1984 de Orwell. Al menos escribe bien.

2.      Puestos a predecir el futuro, podrían revelarnos qué número ganará el primer premio de la lotería el próximo sábado. O el siguiente, es igual.

01 febrero, 2012

CRISIS? WHAT CRISIS?


Hubo un tiempo en que existían los discos. Y las portadas de los discos eran, a veces, más interesantes que los propios discos. Hubo un tiempo en que la música apaciguaba a las fieras.

Por alguna razón, esta portada de los años 70 me viene con frecuencia a la memoria. Hubo otras, pero las he olvidado. Algunos días me despierto con la imagen de la sombrilla naranja, el periódico sobre la mesa y una bebida gaseosa al alcance de la mano. Enciendo la radio o abro el periódico o miro por la ventana y lo que veo se parece mucho a la portada de aquel disco. Entonces tarareo aquella canción que fue sintonía del programa Informe Semanal durante tantos años y que mucho tiempo después sigue siendo mi vacuna contra todas las crisis. Al mal tiempo, buena música.


26 enero, 2012

PIMPI LÓPEZ JUDERÍAS



A Pimpi (alias Esteban, o viceversa) lo conocí por teléfono hace una docena de años o más. Me llamó porque quería convertir un relato mío en cortometraje. Se titulaba El criador de canarios. Y lo convirtió, por supuesto. Después, el director turolense me ha invitado a meter mano en algunos de sus guiones y eso es de agradecer. Pimpi ha rodado ya un puñado de cortometrajes de muy buena factura y con un criterio cinematográfico extraordinario, en mi opinión. Lo cierto es que durante esta docena de años o más hemos trabajado juntos sin conocernos. Resulta extraño que después de casi tres lustros aún no nos hayamos visto, ni siquiera en los estrenos. Quizá el día en que nos encontremos perdamos el feeling cinematográfico, o no. El caso es que en estos días, Pimpi López Juderías estrena en Teruel un nuevo cortometraje basado en un cuento mío, en el que de nuevo me ha dejado meter mano. El corto se titula Treshorascuarentaitresminutoscuarentaicincosegundos (ni uno más ni uno menos) y el relato original se llama La Pelusa.

Con la excusa del guion me puse a echar cuentas y resultó que había escrito esa historia hace exactamente treinta años, cuando yo tenía dieciocho. Y creo que se nota. Se publicó mucho después junto a otros relatos, y hasta hace un año, cuando surgió la idea de la adpatación, no había vuelto a leerlo. Entonces recordé que estaba basado en un hecho real (llevado al extremo por mí), que le había sucedido a un amigo, cuyo nombre juré no revelar jamás.

14 diciembre, 2011

MENTIRAS PIADOSAS



Sostiene mi amigo el Pascualín que a la Delegación de Hacienda únicamente van los ricos y que a los pobres nunca los citan. Pero yo no soy rico ni quiero serlo. Ni siquiera juego a la lotería por miedo a que me toque y se rompa el débil equilibro de mi aurea mediocritas, que tanto trabajo me ha costado conseguir.  Sin embargo, en los últimos cuatro años he recorrido todas las ventanillas, las oficinas, los pasillos y rincones de este edificio de los años cuarenta que por fuera parece una cárcel y por dentro lo es. Y es que a veces el Pascualín no dice más que tonterías.

*9:30 AM.-  Atravieso sin problemas el arco detector de metales. El segurata me mira con indiferencia, con un cuasi bostezo. Primera prueba superada.
*9:40.- Después de 10 minutos de espera, consigo preguntar en información. Me aclaran la duda, o creo que me la aclaran. Segunda prueba superada.
*9: 50.-  Pulso el recuadro de una pantalla digital, recojo mi número y espero mi turno delante de otra pantalla digital, valga la redundancia. Ahora no sé si he superado la prueba.
*9:51.-  Mientras espero mi turno, tengo la sensación de que todos los que se sientan a mi alrededor son inspectores de Hacienda camuflados de contribuyentes para ver si me voy de la lengua y confieso algún pecadillo fiscal a mi contribuyente vecino.
*10:26.- Llevo treinta y cinco minutos con la sensación de que los doscientos inspectores de Hacienda que me rodean y que tienen cara de contribuyentes saben que en mi declaración de 2008 me desgravé el café cortado que tomé en “La Gitana”, una taberna de La Paz, el 10 de agosto de 2007. No es la primera vez que tengo esta desagradable sensación.
*10:50.- He repasado más de seis veces todos los impresos que llevo en la carpeta: el Modelo 111, el Modelo 202, el Model0 301. Mi carpeta parece la pasarela Cibeles con tanto modelo.
*11:02.- Por fin mi número aparece en la pantalla digital y me dirijo a la ventanilla 13 (menos mal que es miércoles), pertrechado de bolígrafos, tippex, DNI… A lo lejos creo reconocer a la funcionaria de ventanilla que me ha tocado en suerte. Es la misma del pasado febrero. Y entonces estuvo un pelín borde.

La funcionaria me mira por encima de sus gafas para combatir la presbicia.  No puedo apartar la vista de ella, tratando de interpretar cada uno de los movimientos de sus músculos faciales. La funcionaria revisa la documentación, murmura, farfulla. De repente me mira. ¿Sabrá lo de aquel café que me tomé en “La Gitana” en 2007? En realidad, yo estaba trabajando, no era un viaje de placer. La funcionaria revisa los modelos, comprueba fechas, firmas, datos, plazos. Menea la cabeza negativamente, arquea una ceja. Cruzo los dedos para que haya tenido una buena noche. Me hace preguntas a las que no sé responder. Empiezo a sudar. ¿Tendré que volver otro día? Eso me temo. La funcionaria lee mi nombre en voz alta, con el mismo tono que mi maestra de parvulario, y se detiene en el segundo apellido. Oigo su tos de fumadora. Me mira a mí y a mi segundo apellido alternativamente. ¿Habré olvidado poner la tilde? La funcionaria me pregunta si soy familia de la ministra que se apellida como yo. Sonrío. Será por los nervios, pero sonrío. Le digo que no con el pensamiento, pero mi cabeza hace un gesto afirmativo. ¿Por qué me pasará esto con tanta frecuencia? La que sonríe ahora es la funcionaria, que celebra la coincidencia. «Sí –le miento con voz inocente– mi madre y el padre de la señora ministra son hermanos».  La funcionaria sigue celebrando la coincidencia. Durante unos segundos invento mentalmente una genealogía y una vida que no he vivido: veranos en el pueblo con la ministra cuando era una niña, cumpleaños en familia, juegos infantiles, cucaña, aficiones de la ministra, pequeñas trastadas que nos hacíamos… Pero no es necesario inventar más. La funcionaria no ha dejado de sonreírme. Creo que incluso me encuentra parecido con mi falsa prima. Ahora se muestra amable: me explica la finalidad de cada uno de los modelos, me enumera los errores que he cometido y ella misma los rectifica con un tippex de mucha menos calidad que el que yo traigo en el bolsillo. Suena el teléfono móvil de la funcionaria. Se disculpa. Habla durante unos minutos sin importarle mi presencia. Al colgar, me dice que es del hospital: van a operar a su suegra. Le cuento que a mi madre la operaron de lo mismo hace casi dos años y está como una rosa. No sé si mi madre estaría de acuerdo con mi afirmación, pero yo lo digo convencido. Mientras la funcionaria revisa por tercera vez la documentación y enmienda los errores, le relato el postoperatorio de mi madre y la animo. Oigo un golpe seco sobre el mostrador y veo el sello de Hacienda estampado en el impreso. La funcionaria me sonríe con una amabilidad a la que no estoy acostumbrado. Se diría que está feliz.  Nos despedimos como si fuéramos a cenar juntos en Nochevieja.

Al salir a la calle el cielo es más azul y el aire más puro. O eso me parece a mí. He perdido la mañana en aquella cárcel imaginaria pero casi no me importa. Me alejo silbando una canción de Luis Aguilé. Tengo ganas de celebrar algo, lo que sea. Me voy a la plaza de Gabriel Miró, a mi cafetería favorita, a celebrar que hoy hace 32 años que gané el primer premio literario. Hago el firme propósito de no incluir el café en la declaración trimestral del IVA. Y mientras tanto, pienso en lo fácil que resulta hacer feliz a la gente y en lo distinto que sería el mundo si todos tuviéramos una prima ministra.

18 noviembre, 2011

PREGUNTAS Y RESPUESTAS

PREGUNTA (¿RETÓRICA?)

¿Por qué vemos con tanta frecuencia en los periódicos digitales faltas de ortografía, tildes mal puestas, puntuación pésima, errores gramaticales, mala utilización de cursivas, de comillas y otras cuestiones que, por lo general, respetan en sus ediciones de papel?

REPUESTA (¿INNECESARIA?)

a. ¿Porque no tienen presupuesto para correctores-digitales de estilo?
b. ¿Porque para lo que paga el lector por la edición digital no les sale a cuenta?
c. ¿Porque les importa un pimiento?
d. ¿Porque "a caballo regalado no le mires los dientes"?
e. ¿Porque saben que nadie va a reclamar?
f. ¿No sabe no contesta?
g. ¿Ni lo sé ni me importa, con la que tenemos encima?
h. (me salto la "H", porque parece que no sirve para nada)
i. ¿Porque los profesores de lengua se lo enseñaron mal a propósito?
j. ¿Ahora estoy ocupado y no puedo atenderle?
k. Otras respuestas.

13 agosto, 2011

EL ESCRITOR INSOMNE



El escritor insomne pasa la noche de un lado a otro de su guarida, a ratos sentado frente al ordenador, a ratos paseando por una galería iluminada por una luna casi llena, blanca y enorme, como la oblea de un alfajol.

El escritor insomne escribe:

«SEC. 36. INT. — GUARIDA DEL ESCRITOR — NOCHE»

Y luego describe a un escritor insomne que pasa la noche de un lado a otro de su guarida, escribiendo unos ratos y contemplando la luna otros.

Al escritor insomne le gustaría describir en la secuencia 36 a un escritor que duerme plácidamente en una cama antigua, con dosel,  en una vieja casa de muros anchos y escaleras de película de intriga.

Como cada noche, desde hace un tiempo, el escritor insomne aguarda con ansiedad el momento en que la aurora despunte sobre el alero del tejado del patio. En ese momento, cierra la tapa del ordenador, se calza unos zuecos alemanes, se echa unas monedas al bolsillo y baja a toda prisa las escaleras de película de intriga.

El escritor insomne acude cada mañana, en cuanto la aurora asoma sobre el alero del tejado, al bar del pueblo. A esa hora nunca hay parroquianos; solo la dueña, que se llama Pilar y le gusta oír a Camarón y al Cigala, antes de que lleguen los clientes y tenga que encender la tele.

El escritor insomne se sienta en un taburete frente a la barra, pide un café y lee el periódico cada mañana. Primero la columna de la última página, después las noticias de la provincia y por último las de cultura. A veces, para tener tema de conversación a la hora de los vinos, le echa un vistazo a los deportes y se entera del último fichaje estrella de algún equipo importante.

Sin embargo, esta mañana, al entrar en el bar el escritor insomne se encuentra a un guardia civil, barbilampiño y ligeramente obeso, que desparrama sus carnes, su tricornio y un Red Bull con hielo (en vaso sidrero) sobre la barra del bar del pueblo. Para colmo, el agente de la Benemérita tiene el periódico abierto por la página de deportes y bisbisea, mientras lee la noticia del último fichaje del Barça, o del Madrid (desde su taburete, el escritor insomne no es capaz de distinguir más que el titular).

El escritor insomne pide su café, tararea Lágrimas negras en versión del Cigala & Bebo Valdés, y aguarda el momento en que el benemérito se aburra de la lectura para lanzarse sobre el periódico y leer la última columna, que suele ser de un hermano o un primo de Andrés Trapiello (al menos se apellida como él).

El escritor insomne se impacienta. El Número de la Guardia Civil lee por tercera vez la noticia del fichaje (ahora alcanza a ver que se trata de Cesc Fàbregas, o algo así), moviendo el dedo bajo las letras para no pasarse de línea. Sin duda —piensa el escritor insomne—, se trata de otra víctima del sistema educativo de la ESO y de la LOGSE.

El escritor insomne se rinde y tira la toalla. Paga el café, sale a la calle cuando el sol ya sobrepasa ampliamente los aleros de los tejados, y contempla por unos segundos el vehículo del guardia civil, aparcado frente a un vado.

El escritor insomne vuelve a su guarida. No tiene sueño. Pasea de un sitio a otro, pero no consigue concentrarse. Su rutina se ha roto. Se siente perdido. No es capaz de escribir, ni de dormir, ni de pensar en otra cosa que en el guardia civil de la ESO que, sin saberlo, acaba de joderle la mañana.

El escritor insomne se sienta frente a su portátil, levanta la tapa y escribe:

«SEC. 37. INT. — BAR ROYAL — DÍA

Un ESCRITOR que ha pasado la noche en vela entra en un bar de un pequeño pueblo. En la barra hay un GUARDIA CIVIL que lee el periódico. El escritor se sienta, pide un café y mira fijamente al guardia civil. Necesita leer el periódico. Por sus gestos deducimos que es cuestión de vida o muerte. El guardia civil lo mira, le sonríe amablemente.

GUARDIA CIVIL
Los fines de semana sólo trae tonterías de deporte.

ESCRITOR
Es cierto, los sábados hay pocas noticias.

GUARDIA CIVIL
(con mucha amabilidad, sonriendo)
¿Quiere usted echarle un vistazo?

ESCRITOR
No estaría mal. Más que nada, por comprobar la Bono Loto».

Después de escribir la secuencia 37, el escritor insomne se siente bien; incluso tiene sueño. Se echa en la cama y empieza a caer en un profundo sueño: sueña que la literatura y el cine pueden cambiar el mundo.

FUNDIDO EN NEGRO. FIN

04 julio, 2011

POR DECIRLO CON DELICADEZA


Decides quedarte en casa trabajando, pasar un verano tranquilo, escribir todas las mañanas, leer todas las tardes, ver cine cada noche y salir a pasear cuando el calor y la humedad conceden un respiro. Pero siempre hay algo o alguien que se cruza en tu camino, te pone todo patas arriba, te llena la cabeza de pájaros y te obliga a mandarlo todo al carajo (por decirlo con delicadeza).

Pongamos que ese alguien se llame Vladimir, que sea albañil, que tenga veintiocho años y un apellido impronunciable. Entre loseta y loseta, Vladimir me cuenta que nació en un lugar de África que no aparece en los mapas. Allí trabajó desde los doce años como mecánico. Su pueblo es ahora un basurero nuclear, un sitio donde los europeos llevamos nuestros residuos para tener limpio el jardín patrio, previo pago al gobierno de turno.

Vladimir, además, es fontanero, electricista y contador de historias que suenan a los cuentos tradicionales. En su país no hay escritores, ni editoriales, ni libros. Sin embargo, la gente sabe contar historias. Me cuenta cosas de su vida en África. Me gustaría saber contarlas como él. Vladimir pasa de un tema a otro con tal naturalidad que parece que siempre está hablando de lo mismo. Eso es algo que hacen otros escritores que han ganado el Premio Nobel. Sin embargo, Vladimir no viajará nunca a Estocolmo a recibirlo de manos del rey de Suecia. O tal vez sí. ¿Quién sabe?

Las historias se cruzan y de repente me regala una. Se produce lo que traté de evitar. Ahora no podré pensar en otra cosa mientras no la escriba. Pero para eso necesito ir a África. ¿Y el verano tranquilo? ¿Y las mañanas de escritura? ¿Y las tardes de lectura? ¿Y las noches de cine? A la mierda los buenos propósitos (por decirlo con delicadeza).

Busco los números de teléfono de la embajada y llamo enseguida. Los trámites para el visado son infinitos. Llamo a sanidad exterior. Me tendré que poner tantas vacunas que tal vez me cambie el color de los ojos. Estas son las desventajas de ser funambulista.

Antes de pararme a pensar si me estaré precipitando, ya he enviado los documentos y las solicitudes a la embajada. ¿Dolerán las inyecciones de las vacunas? De repente me he acordado de don Ángel, el médico de Valladolid que vivía en el piso de abajo cuando yo era niño. Y me acuerdo también de su mujer, que montó una lavandería en la calle Nueva en los años setenta. Algún día tendría que ponerme a escribir esa historia. ¿Por qué me acuerdo ahora de ellos, cuando tengo tantas cosas que hacer, tantos permisos que conseguir, tantas vacunas que ponerme y tantos kilómetros por recorrer? No deja de ser una gran putada (por decirlo con delicadeza).

30 junio, 2011

DETECTIVES, FUNAMBULISTAS Y ALBAÑILES


Salí a comprar tabaco (yo que no fumo) hace un par de meses y vuelvo ahora desorientado, sin saber dónde está el norte y dónde el sur. Los que vivimos en el alambre del funambulista tenemos que inventar excusas como esta para que la familia no se preocupe. No puedes presentarte al cabo de tanto tiempo y decir: «Disculpad, no me di cuenta de lo tarde que era». Sobre todo, cuando llevas muchas semanas desaparecido. Y, si dices que has estado escribiendo una novela policíaca para niños de diez años, todos te miran mal: la familia, los amigos, el perro del vecino que es como de la familia, el albañil que está cambiando el suelo de los cuartos de baño.

La culpa de mi ausencia la tiene mi amigo Justino Lumbreras, detective privado, del que ya hablé en otra ocasión en este blog. Justino y yo somos almas gemelas: tenemos la misma edad, hemos estudiado la misma carrera y dimos tumbos parecidos; incluso hemos tropezado en las mismas piedras. Nos parecemos tanto que incluso tenemos las mismas dioptrías en el ojo izquierdo (+3,75) y en el derecho (+4). Justino trabajó veintiún años en una compañía de seguros, hasta que su jefa se le cruzó en el camino y decidió amargarle la vida por la vía administrativa y policial. Entonces se hizo detective privado y nos reencontramos después de muchos años. Ahora los dos vivimos en el alambre del funambulista. Después de ese reencuentro, decidí contar su vida, mucho más apasionante que la mía.

Acabo de terminar la tercera entrega de las peripecias de mi amigo Justino. Después de tantas charlas con él, conozco tan bien su vida que es como si escribiera sobre mí mismo. Como dijo Publio Terencio Africano: «Nada de lo que le ocurrió a Justino me es ajeno». Creo que no lo dijo así, pero el sentido es parecido. Las primeras novelas de la serie las publicará en 2012 la editorial Edebé.

Ya tenía la idea de una cuarta entrega, cuando se me cruzó en el camino Vladimir.

Vladimir es el albañil que está cambiando el suelo de los baños y de la cocina. Pero esa es otra historia que dejaré para otro día, cuando el polvo y el ruido me lo permitan.

(ILUSTRACIÓN DE JUSTINO: Jorge Selfa)

27 mayo, 2011

TALLER DE ESCRITURA



PRÓXIMO TALLER de RELATO, SEPTIEMBRE 2011

Si estás interesado, pide información: luisleante@gmail.com