
Pongamos que se llama Justino y que se apellida Lumbreras. Pongamos que tiene la misma edad que yo y que nos conocimos a los veinte años.
Ayer me llamó Justino Lumbreras para confirmarme que llegaba al aeropuerto de Alicante a las nueve de la noche. Fui a esperarlo, lo acompañé a su hotel y esta mañana temprano quedamos en la plaza Gabriel Miró para tomar un café y charlar.
A Justino lo conocí en 1982 ó 1983 en las clases de Lingüística; a veces coincidíamos en las de Literatura Universal. Justino estudiaba Filología y quería ser escritor, pero terminó trabajando en una compañía de seguros hasta hace tres años. Lo dejó porque un jefe perturbado y con complejos varios se atravesó en su camino y le hizo la vida imposible. Me lo contó en el aeropuerto de Milán en junio de 2008. Parecía el guión de una novela. Le conté el guión de la mía y brindamos con agua mineral del norte de Turín. Ahora es detective privado. Era el primer detective de carne y hueso con el que me tropezaba. El año pasado me echó una mano en un asunto sobre el que necesitaba documentarme y me di cuenta de que un detective es como un escritor que no escribe: un observador de vidas ajenas, un mirón, un panadero de la vida.
Justino tiene estos días un trabajo de huelebraguetas en la ciudad. No es lo que más le gusta, pero lo pagan bien, gastos aparte. Quedamos a las diez y media bajo los ficus centenarios que dan sombra a la fuente y a la plaza. La plaza Gabriel Miró es uno de los rincones más auténticos de Alicante. Justino me lleva a un café que yo no conocía. Siempre ocurre que tiene que venir alguien de fuera a descubrirme lo que tengo tan cerca. Entra y saluda a la camarera con familiaridad. «¿La conoces?» «No», dice Justino. Me cuenta cosas de su hija, que ahora tiene diez años; de su madre, que vive en una casa que parece el arca de Noé; de su mujer, que es enfermera. Mientras habla me voy fijando en los detalles del lugar en que nos encontramos.
El local se llama «Café Cerdan», sic, sin tilde. Es también un restaurante. Está recargado, como a mí me gusta. De las paredes cuelgan fotografías de boxeadores. En realidad es el mismo boxeador el que aparece en todas. Algunas son de un tamaño considerable. Descubro unos guantes de boxeo sobre la máquina de los helados, un calzón de boxeo azul con una franja blanca, enmarcado en un cuadro. Hay un crucifijo encima de un reloj de péndulo parado, una cómoda antigua con espejo, de los años 50. Muchos trofeos. El paragüero es una bolsa de palos de golf. Está lleno de paraguas, sin duda olvidados, en un día de sol que no termina de calentar. Entra el dueño cargado con bolsas del supermercado. Habla en francés con la camarera. Se parece mucho al hombre de las fotos. ¿Será él? Aún me faltan veinte minutos para averiguar que es el hijo del boxeador.
«¿Qué sitio es éste?», le pregunto a Justino. «¿No te gusta?». «Sí, me gusta, pero es un poco raro». El mobiliario tiene una mezcla de árabe y francés. Podría ser el escenario perfecto para la secuencia de una película que se desarrollase en un protectorado norteafricano, ciudad internacional, cosmopolita y pueblerina al mismo tiempo. ¿Casablanca?, ¿Tánger? Ante mi insistencia, Justino empieza a fijarse en los detalles. «¿Te interesa este lugar?», me pregunta Justino. «Sí, mucho». Se levanta y se acerca a la barra. Apenas hay gente en el café a estas horas. Charla durante unos minutos con la camarera, una chica con acento francés. Cuando Justino vuelve a sentarse frente a mí, tiene toda la información. «Se llama Marcel Cerdan», me dice Justino. «¿Quién?», «El boxeador de las fotos. Mira, ése es su hijo. Se le parece, ¿verdad?», me dice señalando al hombre que entró con las bolsas y que ahora trastea un teclado electrónico que hay al fondo del local. «¿Se llama Sam?», le pregunto llevado por la euforia cinematográfica.
Marcel Cerdan se proclamó campeón del mundo de boxeo de los pesos medios el 21 de septiembre de 1948. Nació en Sidi Bel-Abbés (Argelia) en 1916. Su padre era francés y su madre alicantina de Aspe. A los 6 años se fue a vivir a Casablanca. En el mundo del boxeo fue conocido como El Bombardero de Marruecos. La vida de Marcel Cerdan estuvo llena de luces y sombras. Se casó y tuvo tres hijos, fue un héroe nacional en Francia, recibido en París, por más de 100.000 personas, tras ser campeón del mundo; conoció a la cantante Edtih Piaf y fueron amantes. Todo ocurrió en 1948.
El 28 de octubre de 1949, la Piaf actuaba en Nueva York. Obsesiva, celosa, arrebatadoramente posesiva, llamó a París a Marcel para decirle que no podía soportar su ausencia. Ese día, el boxeador tomó un avión hasta Nueva York, que se estrelló a la altura de las Islas Azores. Murió con 33 años. Dicen que la Piaf cantó esa noche rota sobre el escenario por la noticia de la muerte de su amante. Luego se volvió morfinómana, alcohólica… pero ésa es otra historia.
El hombre de las bolsas y el pelo blanco, el que trastea el teclado, el que me recuerda a Sam a pesar de su piel clara, se llama René y es hijo del boxeador de las fotografías. La chica es Valérie, nieta del Bombardero de Marruecos. Justino me mira desde el otro lado de la mesa. Me sorprende su capacidad para averiguar las cosas tan deprisa. «Soy detective privado», me dice, «no lo olvides». No, no lo olvido. Salimos a la calle. La luz del sol se refleja en lo más alto de los ficus centenarios. Me despido de Justino, pongamos que se llame así, y camino hacia el puerto sin poder quitarme de la cabeza la historia que acabo de conocer. Sin quererlo me he puesto a silbar La vie en rose.
Ayer me llamó Justino Lumbreras para confirmarme que llegaba al aeropuerto de Alicante a las nueve de la noche. Fui a esperarlo, lo acompañé a su hotel y esta mañana temprano quedamos en la plaza Gabriel Miró para tomar un café y charlar.
A Justino lo conocí en 1982 ó 1983 en las clases de Lingüística; a veces coincidíamos en las de Literatura Universal. Justino estudiaba Filología y quería ser escritor, pero terminó trabajando en una compañía de seguros hasta hace tres años. Lo dejó porque un jefe perturbado y con complejos varios se atravesó en su camino y le hizo la vida imposible. Me lo contó en el aeropuerto de Milán en junio de 2008. Parecía el guión de una novela. Le conté el guión de la mía y brindamos con agua mineral del norte de Turín. Ahora es detective privado. Era el primer detective de carne y hueso con el que me tropezaba. El año pasado me echó una mano en un asunto sobre el que necesitaba documentarme y me di cuenta de que un detective es como un escritor que no escribe: un observador de vidas ajenas, un mirón, un panadero de la vida.
Justino tiene estos días un trabajo de huelebraguetas en la ciudad. No es lo que más le gusta, pero lo pagan bien, gastos aparte. Quedamos a las diez y media bajo los ficus centenarios que dan sombra a la fuente y a la plaza. La plaza Gabriel Miró es uno de los rincones más auténticos de Alicante. Justino me lleva a un café que yo no conocía. Siempre ocurre que tiene que venir alguien de fuera a descubrirme lo que tengo tan cerca. Entra y saluda a la camarera con familiaridad. «¿La conoces?» «No», dice Justino. Me cuenta cosas de su hija, que ahora tiene diez años; de su madre, que vive en una casa que parece el arca de Noé; de su mujer, que es enfermera. Mientras habla me voy fijando en los detalles del lugar en que nos encontramos.
El local se llama «Café Cerdan», sic, sin tilde. Es también un restaurante. Está recargado, como a mí me gusta. De las paredes cuelgan fotografías de boxeadores. En realidad es el mismo boxeador el que aparece en todas. Algunas son de un tamaño considerable. Descubro unos guantes de boxeo sobre la máquina de los helados, un calzón de boxeo azul con una franja blanca, enmarcado en un cuadro. Hay un crucifijo encima de un reloj de péndulo parado, una cómoda antigua con espejo, de los años 50. Muchos trofeos. El paragüero es una bolsa de palos de golf. Está lleno de paraguas, sin duda olvidados, en un día de sol que no termina de calentar. Entra el dueño cargado con bolsas del supermercado. Habla en francés con la camarera. Se parece mucho al hombre de las fotos. ¿Será él? Aún me faltan veinte minutos para averiguar que es el hijo del boxeador.
«¿Qué sitio es éste?», le pregunto a Justino. «¿No te gusta?». «Sí, me gusta, pero es un poco raro». El mobiliario tiene una mezcla de árabe y francés. Podría ser el escenario perfecto para la secuencia de una película que se desarrollase en un protectorado norteafricano, ciudad internacional, cosmopolita y pueblerina al mismo tiempo. ¿Casablanca?, ¿Tánger? Ante mi insistencia, Justino empieza a fijarse en los detalles. «¿Te interesa este lugar?», me pregunta Justino. «Sí, mucho». Se levanta y se acerca a la barra. Apenas hay gente en el café a estas horas. Charla durante unos minutos con la camarera, una chica con acento francés. Cuando Justino vuelve a sentarse frente a mí, tiene toda la información. «Se llama Marcel Cerdan», me dice Justino. «¿Quién?», «El boxeador de las fotos. Mira, ése es su hijo. Se le parece, ¿verdad?», me dice señalando al hombre que entró con las bolsas y que ahora trastea un teclado electrónico que hay al fondo del local. «¿Se llama Sam?», le pregunto llevado por la euforia cinematográfica.
Marcel Cerdan se proclamó campeón del mundo de boxeo de los pesos medios el 21 de septiembre de 1948. Nació en Sidi Bel-Abbés (Argelia) en 1916. Su padre era francés y su madre alicantina de Aspe. A los 6 años se fue a vivir a Casablanca. En el mundo del boxeo fue conocido como El Bombardero de Marruecos. La vida de Marcel Cerdan estuvo llena de luces y sombras. Se casó y tuvo tres hijos, fue un héroe nacional en Francia, recibido en París, por más de 100.000 personas, tras ser campeón del mundo; conoció a la cantante Edtih Piaf y fueron amantes. Todo ocurrió en 1948.
El 28 de octubre de 1949, la Piaf actuaba en Nueva York. Obsesiva, celosa, arrebatadoramente posesiva, llamó a París a Marcel para decirle que no podía soportar su ausencia. Ese día, el boxeador tomó un avión hasta Nueva York, que se estrelló a la altura de las Islas Azores. Murió con 33 años. Dicen que la Piaf cantó esa noche rota sobre el escenario por la noticia de la muerte de su amante. Luego se volvió morfinómana, alcohólica… pero ésa es otra historia.
El hombre de las bolsas y el pelo blanco, el que trastea el teclado, el que me recuerda a Sam a pesar de su piel clara, se llama René y es hijo del boxeador de las fotografías. La chica es Valérie, nieta del Bombardero de Marruecos. Justino me mira desde el otro lado de la mesa. Me sorprende su capacidad para averiguar las cosas tan deprisa. «Soy detective privado», me dice, «no lo olvides». No, no lo olvido. Salimos a la calle. La luz del sol se refleja en lo más alto de los ficus centenarios. Me despido de Justino, pongamos que se llame así, y camino hacia el puerto sin poder quitarme de la cabeza la historia que acabo de conocer. Sin quererlo me he puesto a silbar La vie en rose.







