16 marzo, 2010

EL DETECTIVE, EL BOXEADOR Y LA CANTANTE


Pongamos que se llama Justino y que se apellida Lumbreras. Pongamos que tiene la misma edad que yo y que nos conocimos a los veinte años.

Ayer me llamó Justino Lumbreras para confirmarme que llegaba al aeropuerto de Alicante a las nueve de la noche. Fui a esperarlo, lo acompañé a su hotel y esta mañana temprano quedamos en la plaza Gabriel Miró para tomar un café y charlar.

A Justino lo conocí en 1982 ó 1983 en las clases de Lingüística; a veces coincidíamos en las de Literatura Universal. Justino estudiaba Filología y quería ser escritor, pero terminó trabajando en una compañía de seguros hasta hace tres años. Lo dejó porque un jefe perturbado y con complejos varios se atravesó en su camino y le hizo la vida imposible. Me lo contó en el aeropuerto de Milán en junio de 2008. Parecía el guión de una novela. Le conté el guión de la mía y brindamos con agua mineral del norte de Turín. Ahora es detective privado. Era el primer detective de carne y hueso con el que me tropezaba. El año pasado me echó una mano en un asunto sobre el que necesitaba documentarme y me di cuenta de que un detective es como un escritor que no escribe: un observador de vidas ajenas, un mirón, un panadero de la vida.

Justino tiene estos días un trabajo de huelebraguetas en la ciudad. No es lo que más le gusta, pero lo pagan bien, gastos aparte. Quedamos a las diez y media bajo los ficus centenarios que dan sombra a la fuente y a la plaza. La plaza Gabriel Miró es uno de los rincones más auténticos de Alicante. Justino me lleva a un café que yo no conocía. Siempre ocurre que tiene que venir alguien de fuera a descubrirme lo que tengo tan cerca. Entra y saluda a la camarera con familiaridad. «¿La conoces?» «No», dice Justino. Me cuenta cosas de su hija, que ahora tiene diez años; de su madre, que vive en una casa que parece el arca de Noé; de su mujer, que es enfermera. Mientras habla me voy fijando en los detalles del lugar en que nos encontramos.

El local se llama «Café Cerdan», sic, sin tilde. Es también un restaurante. Está recargado, como a mí me gusta. De las paredes cuelgan fotografías de boxeadores. En realidad es el mismo boxeador el que aparece en todas. Algunas son de un tamaño considerable. Descubro unos guantes de boxeo sobre la máquina de los helados, un calzón de boxeo azul con una franja blanca, enmarcado en un cuadro. Hay un crucifijo encima de un reloj de péndulo parado, una cómoda antigua con espejo, de los años 50. Muchos trofeos. El paragüero es una bolsa de palos de golf. Está lleno de paraguas, sin duda olvidados, en un día de sol que no termina de calentar. Entra el dueño cargado con bolsas del supermercado. Habla en francés con la camarera. Se parece mucho al hombre de las fotos. ¿Será él? Aún me faltan veinte minutos para averiguar que es el hijo del boxeador.

«¿Qué sitio es éste?», le pregunto a Justino. «¿No te gusta?». «Sí, me gusta, pero es un poco raro». El mobiliario tiene una mezcla de árabe y francés. Podría ser el escenario perfecto para la secuencia de una película que se desarrollase en un protectorado norteafricano, ciudad internacional, cosmopolita y pueblerina al mismo tiempo. ¿Casablanca?, ¿Tánger? Ante mi insistencia, Justino empieza a fijarse en los detalles. «¿Te interesa este lugar?», me pregunta Justino. «Sí, mucho». Se levanta y se acerca a la barra. Apenas hay gente en el café a estas horas. Charla durante unos minutos con la camarera, una chica con acento francés. Cuando Justino vuelve a sentarse frente a mí, tiene toda la información. «Se llama Marcel Cerdan», me dice Justino. «¿Quién?», «El boxeador de las fotos. Mira, ése es su hijo. Se le parece, ¿verdad?», me dice señalando al hombre que entró con las bolsas y que ahora trastea un teclado electrónico que hay al fondo del local. «¿Se llama Sam?», le pregunto llevado por la euforia cinematográfica.

Marcel Cerdan se proclamó campeón del mundo de boxeo de los pesos medios el 21 de septiembre de 1948. Nació en Sidi Bel-Abbés (Argelia) en 1916. Su padre era francés y su madre alicantina de Aspe. A los 6 años se fue a vivir a Casablanca. En el mundo del boxeo fue conocido como El Bombardero de Marruecos. La vida de Marcel Cerdan estuvo llena de luces y sombras. Se casó y tuvo tres hijos, fue un héroe nacional en Francia, recibido en París, por más de 100.000 personas, tras ser campeón del mundo; conoció a la cantante Edtih Piaf y fueron amantes. Todo ocurrió en 1948.

El 28 de octubre de 1949, la Piaf actuaba en Nueva York. Obsesiva, celosa, arrebatadoramente posesiva, llamó a París a Marcel para decirle que no podía soportar su ausencia. Ese día, el boxeador tomó un avión hasta Nueva York, que se estrelló a la altura de las Islas Azores. Murió con 33 años. Dicen que la Piaf cantó esa noche rota sobre el escenario por la noticia de la muerte de su amante. Luego se volvió morfinómana, alcohólica… pero ésa es otra historia.

El hombre de las bolsas y el pelo blanco, el que trastea el teclado, el que me recuerda a Sam a pesar de su piel clara, se llama René y es hijo del boxeador de las fotografías. La chica es Valérie, nieta del Bombardero de Marruecos. Justino me mira desde el otro lado de la mesa. Me sorprende su capacidad para averiguar las cosas tan deprisa. «Soy detective privado», me dice, «no lo olvides». No, no lo olvido. Salimos a la calle. La luz del sol se refleja en lo más alto de los ficus centenarios. Me despido de Justino, pongamos que se llame así, y camino hacia el puerto sin poder quitarme de la cabeza la historia que acabo de conocer. Sin quererlo me he puesto a silbar La vie en rose.

01 marzo, 2010

VALPARAÍSO


En agosto de 2007 hice un viaje fugaz a Chile, apenas cuatro días, que se iba a quedar grabado para siempre en mi memoria. Llegué el sábado día 4, en un día lluvioso y duro de invierno. El vuelo desde Paraguay fue terrorífico. Al sobrevolar los Andes el avión empezó a moverse como una batidora y una de las azafatas rodó por los suelos con el carrito de las bebidas. Nunca antes había visto rezar a una azafata en pleno vuelo, ni había tenido que tranquilizar a alguien con tantas horas de vuelo. Fue un viaje accidentado. En Asunción la policía me retuvo en el aeropuerto porque me confundió con un atracador. Sería largo de contar.

Las montañas, alrededor de Santiago, estaban cubiertas por la nieve. Al día siguiente hice una excursión con Alejandro, Cristian y Paula, que años después sigo recordando con todo detalle. Estuvimos en Isla Negra, visitando la casa de Neruda, y luego fuimos a comer a Valparaíso, un poco más al sur, donde también Neruda tenía una casa, la Sebastiana.

La visión de Valparaíso es algo difícil de describir. Subimos a los cerros en coche, y nos extraviamos a través de calles empinadas, callejones que parecían laberintos, ascensores decimonónicos y mansiones, de otra época, pintadas de colores que en el pasado fueron sin duda llamativos y que ahora estaban apagados por la propia decadencia de la ciudad. Me impresionó la vista de Valparaíso desde lo alto de los cerros. Belleza y decadencia, gatos y mansiones que parecían decorados de una película. Había barrios con reminiscencias de Nueva Inglaterra, de Londres; al volver la esquina aparecía una calle que recordaba a Nueva Olreans. Valparaíso era la suma de todo eso y mucho más.

Una mujer que cocinaba empanadillas en su casa nos ayudó a encontrar el restaurante que buscábamos, entre cerros y quebradas. Comí sin mirar al plato, extraviado en la bahía de Valparaíso, en ese inmenso teatro griego con cuarenta cerros de decorado. Esa noche, de vuelta a Santiago, encontré el fantasma de un español que viajó a Valparaíso en 1898. En sueños me contó su vida. Decidí, entonces que algún día situaría una novela en esa ciudad en la que apenas estuve cinco horas, y que contaría la historia de aquel fantasma que se llamaba Ovidio Morell.

El martes siguiente, 7 de agosto, acudí a una entrevista en un café de Santiago. Me acompañaba Paula Lacámara. La maquilladora se me quedó mirando y me dijo: «Creo que nos conocemos». Era la mujer que dos días antes cocinaba empanadillas en Valparaíso, a 150 kilómetros de allí. Celebramos la coincidencia. Era difícil que de allí no saliera algo más que una anécdota. Ella, sin saberlo, me regaló el final de la historia que me había empezado a contar Ovidio Morell.

Durante dos años, fui encontrando noticias sueltas de Valparaíso, tomando notas, recopilando información. Me interesaba cómo era aquella ciudad en su época de esplendor, entre el siglo XIX y el XX. Mis libretas y mis archivos se fueron llenando. Escribí otras novelas, publiqué otros libros, pero hace unos meses, las libretas reventaron, los personajes se escaparon y se convirtieron en literatura. Ya no había quien los parase. La semana pasada escribía yo una escena de una novela, o de un relato, o de una biografía —aún no lo sé—, en la que una pareja de recién casados volvía a Valparaíso después del terremoto del 1906, donde murieron más de 3.000 personas. Pocas horas después me enteré del terremoto de Chile y vi las imágenes de las casas agrietadas en Valparaíso y otras ciudades. El seísmo se había producido más o menos en el momento en que yo recreaba literariamente aquel terremoto de hace 104 años. De nuevo la literatura y la vida se mezclaron. Reviso mis notas, las fotos de una ciudad que era esplendorosa hace un siglo, y me doy cuenta de que esta historia me estaba esperando cuando puse los pies en Valparaíso, un domingo frío de agosto de hace casi tres años.

26 febrero, 2010

NI HÉROE NI VILLANO



Vuelvo a casa cargado de regalos: insignia, placa de un homenaje, botellas de vino, nueces de Nerpio, dibujos hechos por niños de cinco años, poemas de niños de siete. Encuentro intenso con mi viejo instituto, con los alumnos de ahora, con los profesores de antes (me siento incapaz de tutearlos). Me acuerdo de un inspector de educación que hace un año me acusaba delante de mis compañeros de corromper a la juventud —la misma acusación que los atenienses hicieron contra Sócrates— y de incitarlos a la violencia y a delinquir. «Bribón», le faltó decir. Ahora el pobre hombre —dicho sin ánimo de ofender— ha sido destituido por su gloriosa labor, y para no incorporarse a las aulas —¡terrible humillación!— ha presentado una baja médica. Cuidado con las enfermedades fingidas, que las carga el diablo.

Al día siguiente, encuentro con niños de tres años. Y de cuatro, y de once. Con todo el colegio, en realidad. Me quedo sin voz después de dos horas contando cuentos y respondiendo a sus preguntas. Complejas preguntas. Todos quieren saber si conozco a su padre o a su madre. Han empapelado el aula con las portadas de los libros y fotografías de cuando yo tenía su edad. Una niña de tres años, del tamaño de mi pie, me tira del pantalón para decirme que tiene un perro blanco, pero no muerde. ¿Conoces a mi padre? Mi abuelo le quitó la cadena a la moto y… ¿Conoces a mi madre? Ahora una pregunta diferente. ¿Conoces a mi padre? Finjo que conozco a todos los padres y madres. Luego charlo con los mayores, que tienen mucha curiosidad. Un niño con síndrome de down me pregunta qué me dijo mi madre cuando se enteró de que quería ser escritor. Un grupo de cinco niños recita una poesía que han compuesto en clase. Me regalan dibujos.

Salgo a la calle y una madre que tira de dos niños se me acerca. El mayor sonríe y el pequeño llora desconsoladamente. ¿Qué te pasa? Es que le ha firmado usted el libro al mayor, pero al pequeño no le dio tiempo porque se tuvo que ir a clase. Le firmo el libro con bolígrafo rojo. Ha dejado de llorar. Ahora sonríe.

¡Qué bonito ser escritor!
Podemos convertirnos en un príncipe valiente
o en un marciano con muchos dientes.
Podemos vivir en un castillo
o viajar a tierras lejanas.
Podemos ser un bonito animalillo
o una bella dama.
Podemos hacer magia, soñar,
y convertir lo que nos gusta
en felicidad
y transmitir nuestras emociones
a los demás.

Hoy te agradecemos a ti,
señor escritor,
que nos enseñes
ese mundo multicolor.

Y, mira, Luis Leante, si yo te querré,
que un canario te he dibujado
para que lo críes con cuidado.
Y… ojo con las termitas,
no vayan a venir volando
y se lo lleven por el tejado.

Y, ahora, seguiremos aprendiendo, con atención,
a leer y a escribir
y quizás algún día,
como tú, un premio podamos recibir.

(Alumnos del colegio Basilio Saez de Caravaca de la Cruz, Murcia)

16 febrero, 2010

COLAS, HORÓSCOPOS Y MACHACOS

Hace cuatro días que no sale el sol, y siete que no veo la televisión ni leo los periódicos. Hoy a mediodía cayó una niebla sobre el pueblo y casi se ha hecho de noche. El sábado estuvo nevando más de seis horas. ¿Será verdad que éstos son inviernos como los de antes? Días de hacer cola y guardar turno, cola en la carnicería, cola en el centro médico, cola en el supermercado, cola para no hacer cola. Me encuentro a un escritor amigo en el supermercado. Es la primera vez que me encuentro a un escritor en el supermercado. De pequeño me preguntaba de qué hablarían dos escritores cuando se encontraran en el supermercado. Ahora ya lo sé. Me cargo con varios periódicos en el quiosco para ponerme al día. Los leo mientras espero mi turno en el centro médico. Tyson Ballon dice que no se ve el hombre más guapo del mundo. ¿Quién demonios es Tyson Ballon? Por supuesto que no es el hombre más guapo del mundo. Ese privilegio sigue siendo de Groucho Marx. “Detienen al miembro de una comparsa por criticar al alcalde de su pueblo”. Señor alcalde, sea usted benévolo: si no se critica al alcalde en carnavales, ¿a quién vamos a criticar? “Un anciano acusado de acuchillar a su mujer dice que sólo quería asustarla” ¿Qué ha pasado en el mundo en estos diez días? Sigo leyendo: “Roban veinte cerdos y los matan a martillazos”. Cierro el periódico como quien cierra la puerta de un manicomio. Al levantar la cabeza creo ver a Carlota Rigual. Pero no es posible. Carlota murió en 1920 ó 1921. Ahora no estoy seguro. Lleva el pelo rizado y bata blanca. Me acerco hasta ella y no es Carlota, sino Sara. Cómo se parecen. Carlota, es decir Sara, promete enviarme la foto de un burro que acaba de ver y fotografiar en la calle. Poco a poco el sueño de tener un burro está más cercano. Se va, con su bata blanca, y me quedo pensando en Carlota Rigual, con sus dedos de pianista, su sombrero con rejilla y sus botines de comienzos de siglo. La última vez que estuve con ella fue hace diez días, en la calle Camvis Nous de Barcelona. Luego tuve que dejar el capítulo interrumpido y no volví a acordarme de ella hasta que me encontré con Sara. Esta tarde seguiré escribiendo un rato en la biblioteca. Leo el horóscopo. ¿Cuándo fue la última vez que leí el horóscopo? Sería en 1982 ó 1983. Géminis: “Hay gente que lo decepciona con sus actitudes. Procure alejarse de este tipo de personajes”. Me gusta más Piscis, pero no puedo elegir. ¿Quién escribirá los horóscopos? ¿Se podrá vivir de escribir horóscopos? Marisol leyó mi última entrada en el blog y ha llevado una bandeja de machacos a casa para que sepa que siguen existiendo. Gracias Marisol. Los comí después de las lentejas y, como la magdalena de Proust —que en el francés original no es una magdalena— me transportó a otro tiempo, quizás a otra vida.

12 febrero, 2010

POR PRIMERA VEZ

Por primera vez escribo directamente en el blog, improvisadamente, cuando pensaba que aún tardaría unas cuantas semanas en volver a encontrarme con él. Corrijo el error que me dice María Jesús en su comentario, tal vez haya más. Gracias, María Jesús. No tengo demasiado tiempo. Dormito ante el ordenador en una sala de la Biblioteca Regional de Murcia. Estoy de paso. Acabo de darme de alta y ya tengo mi carnet, que parece una tarjeta de crédito. Me lo hizo Reme, que me confiesa que aún no ha leído La Luna Roja. Le agradezco su sinceridad y la paciencia que ha tenido conmigo. Tengo dos horas antes de encontrarme con algunos lectores y volver a Caravaca. La mañana también ha sido de encuentro con jóvenes. Me gusta hablar con los jóvenes. Hablamos de El canto del zaigú, de blogs, de cosas. Esto parece un dirario. No me gustan los diarios, pero tal vez es porque nunca he empezado uno. Llevo una semana oliendo al ácido frénico de los hospitales. Hoy ha sido un respiro. Esta noche volveré a ese corredor que parece de la muerte. Por el día, el hospital es un ir y venir de gente que relata sus dolencias con detalles de fechas y pústulas. Por la noche los pasillos se quedan desiertos y sólo se escuchan lamentos y se adivina la presencia de la muerte. Hace dos noches le dio un zarpazo al padre de mi amgio Arturo y se lo llevó. Hoy, a estas horas, ya le habrán cortado la segunda pierna a la Juanica, la confitera de mi infancia, la vendedora de machacos a peseta. Ya no existen los machacos, o se llaman de otra manra, no lo sé. La confitería de la Juanica es ahora una zapatería, y a ella no le quedan ya piernas. Cada día veo a gente que creía muerta hace años. El hospital está en un antiguo bancal de maíz. Aquí decíamos panochas. Ya no quedan panochas, o como se llamen. Ahora hay un hospital que impone un poco, y por sus tripas se pasea la muerte. Las enfermeras, por el día, se mueven como en un termitero. Hay una reina, obreras, e incluso zánganos. Por la noche, las enfermeras hablan de edredones, de turnos de 24 horas, y leen a Stieg Larsson. Yo llevo la bolsa llena de libros, e incluso una lamparilla para leer en la oscuridad, pero por la noche huelo el aliento de la muerte y me encojo en mi sillón, con una cabecera y una sábana para el frío del amanecer. Me han regalado en una librería dos libros de los Hollister. Cuando yo tenía 11 años era feliz leyéndolos. El cortado de café cuesta 0.90 en la cafetería, y cinco euros el menú. Leo periódicos que nunca habría pensado que leería. Conozco a un cirujano que se llama Torón y tiene ojeras. Para mí es como un dios, con su calva, con su uniforme verde. ¿Por qué el color verde? ¿Será porque relaja? Intento Leer a los Hollister, pero no me concentro. Llevo 200 páginas del diario íntimo de César González Ruano, pero es un libro muy gordo, más de 1.000 ráginas y pesa mucho. Me duele la espalda de llevar libros tan gordos en la bolsa. Lo he dejado en casa. Tengo que comprar algo para la cena, si llego a tiempo a Caravaca. El Cosum cierra a las 9,30. Con un poco de suerte estaré allí antes de las nueve. No me gusta conducir de noche. Esto se parece demasiado a un diario y no era lo que pretendía cuando Reme me hizo el carnet. Es la primera vez que escribo un diario, la primera vez que visito esta sala de la Biblioteca Regional de Murcia, y espero que sea la última que me cruzo con la muerte en los pasillos de un hospital. He consumido el tiempo que me han dado para estar ante el ordenador. Me lo dice un mensajito molesto en el centro de la pantalla. Aún me queda una hora para dormitar entre los libros, antes de encontrarme con los lectores.

08 febrero, 2010

EL FELINO DORMIDO

No todo está perdido, nos quedan las antenas,
las grúas, los albañiles muertos
de este barrio o sus particulares nubes o el rabioso
caminar de su conocida puta ya de regreso. Nos queda el bar
de Jaime y sus pepinillos, agrios como el desamor,
eso dice él, y lo firmamos todos.
Nos queda el agua de sus mañanas de otoño
o ese calor que lleva a Laura a desnudarse
en la terraza
y a matarnos de hambre. Nos queda la certeza
del vagabundo borracho
seleccionando lo nuevo de lo viejo. Nos queda
el pitido del tren que pasa lejos y parece muy cerca
y muy vencido. Los perros
paseando con ancianas en pieles. Los pisos ocupados
y los polis ociosos analizando planos y proyectos
sin ley. La costumbre de amar y de asesinarnos tontamente,
ateridos, estupefactos, amigos de los despertadores
machacados con un martillo. Todos esos pájaros.
Los coches que vienen
se recuestan junto a la acera y después se van, dejando
vacíos sus nidos de cigüeñas. Nos quedan
los conflictos personales y los colectivos. El ansia
de llenar los parvularios por úteros de rubia,
las palabras brincando de balcón a balcón, de casa en casa.
La voz de la trompeta y otras músicas.
La tortuta del sueño como un esparadrapo. Lo asombroso
de despertar con indolencia y con desconocidos. Nos quedan
las monedas con que la vida paga; la traición, la mentira,
el dolor, alguna risa de payaso cínico que inverte en vertederos.
Nos queda la pasión, reciclando soledades. Ser animal y humanos
de acero inoxidable, y ser los pecadores
de este mundo de Dios.
.
Francisca Gata (Monesterio, Badajoz)
Del libro El felino dormido.

01 febrero, 2010

EL GATO DE BARACOA


Hace dieciséis años conocí en Cuba a un tipo alto como una ceiba gigante, fuerte, negro. Yo diría que tenía más de doscientos años, pero seguramente no serían tantos. Le decían El Gato. Fue en la ciudad de Baracoa, la más oriental de la isla.

El Gato de Baracoa hablaba con los muertos y los vivos con la misma facilidad. Entonces me acordé de Miguel, barrendero y enterrador, que también hablaba con los muertos y los vivos, y los ponía en comunicación sin invocar espíritus, sin encender velas olorosas, sin entrar en trance. Miguel se paseaba por la calle Mayor con su escoba de palma y de vez en cuando se paraba a liarse un cigarrillo. Una tarde de verano, yo estaba sentado en el escalón del comercio de mi padre, cuando el enterrador-barrendero se acercó y le dijo: «anoche estuve hablando con tu madre». Mi abuela había muerto en 1968, hacía más de diez años. «¿Y qué tal está?», le preguntó mi padre. «Bien, bien. Te manda recuerdos. Dice que con estos calores las noches son insoportables». «Ya lo creo: aquí no dormimos ni los vivos ni los muertos», respondió mi padre con naturalidad. «¿Quieres que le dijga algo?». «Dile que estamos bien, y que en noviembre subiremos por allí».

Cuando conocí al Gato, me acordé de aquel hombre menudo, siempre arrastrando su escoba de palma. Y me di cuenta de que el realismo mágico ya existía en la España rural hacía muchos años, antes de que yo naciera. Luego, me puse a escribir para borrar esos fantasmas de los dos lados del océano, y me salió una novela curiosa, aparentemente irreal: Paisaje con río y Baracoa de fondo. Pero esos personajes que se pasean por sus páginas son tan reales como la vida misma. A veces, más. El otro día, alguien me contó en el pasillo de un hospital que Miguel todavía vivía. Y pensé que tal vez, como el Gato de Baracoa, cumpla doscientos años, o sea inmortal.

26 enero, 2010

EL NEGRO SOL DE LA MELANCOLÍA


Hace días que me cruzo en la calle con un tipo que tiene todo el aspecto de un fantasma. Lo supe desde el momento en que lo vi: su bigote del siglo XIX, calva incipiente, botitos acharolados, leontina de oro y chalina, cara pálida, como de ahorcado. Hoy por fin he descubierto quién es. De madrugada lo vi a través de mi ventana arrojando algo al contenedor de la basura. Luego, cuando se alejaba, vi que sujetaba una cinta atada a una langosta de la que tiraba como si fuera un perro. En ese momento me di cuenta de que se trataba de Gérard Nerval. Hoy, finalmente, me crucé con él al entrar en una cafetería italiana, y me saludó llevándose la mano a su sombrero hongo, sin decir nada, porque los fantasmas —todo el mundo lo sabe— no hablan.

En 2007 viajé a Estambul tras las huellas del poeta francés. Por la noche, cuando las calles se quedaban vacías y los perros escarbaban en las basuras de los mercados, creía verlo a veces, desdibujado entre las sombras de alguna mezquita. La vida y la obra de Nerval es puro surrealismo. Gérard Labruine, que era su verdadero nombre, se enamoró a los 28 años de la actriz Jenny Colon, que murió y dejó en el poeta una marca de amargura que nunca se borraría. Padeció trastorno bipolar, sonambulismo y esquizofrenia. Sin duda huyendo de aquella muerte dolorosa viajó por el mundo y encontró un bálsamo a su sufrimiento en Estambul. Su enfermedad mental y su bohemia de hampón lo convirtieron en un modelo de los surrealistas. Se paseaba por París arrastrando una langosta, atada a una cinta, como si fuera un perro. Pero él fue más allá del surrealismo que los propios surrealistas, que a veces confundían la pose con el arte.

Hace tiempo descubrí su novela Aurelia en la Librería Raíces de Alicante, y me pareció que Nerval entraba en mi propia casa, que se sentaba a mi lado en mi biblioteca y me iba desgranando la líneas de esta novela onírica, compleja, de culto. Y luego jugué con aquella librería, con aquella novela, con Nerval y Estambul. Y salió una novela en donde Nerval y yo nos prestábamos sueños, y los sueños se materializan en Emin Kemal, un híbrido de los dos.

Un día como hoy, el 26 de enero de 1865, Nerval se ahorcó en una farola de la calle Vieille Lanterne de París, una calle sórdida, en una noche sórdida, de niebla. Tenía la misma edad que yo tengo ahora y sus contemporáneos no podían sospechar que se convertiría con el tiempo en uno de los grandes poetas de la literatura francesa. Sus libros están entre mis libros y sus versos entre mis versos.

Soy el tenebroso, el viudo, el desconsolado,
el Príncipe de Aquitania en la torre abolida:
mi única estrella murió y mi laúd constelado
muestra el negro sol de la melancolía.






21 enero, 2010

CARTA DESDE LA SELVA

Querida Chita:

La llegada de tu carta ha sido motivo de enorme alegría para nosotros. La hemos leído tantas veces que Boy ya recita fragmentos de memoria. Lo cierto es que los tres te echamos mucho de menos. Te confieso que desde tu partida nada ha vuelto a ser como antes. Tarzán se pasa los días sentado junto al río, con la mirada perdida, añorando tiempos pasados. Sus piernas ya no son las de antes, ni tampoco su garganta. Su grito se apagó para siempre y apenas habla, si no es para recordar anécdotas del pasado. Los achaques de la edad no perdonan, y ahora es Boy quien tiene que ocuparse de la pesca y la caza.

Hace tiempo que se apagaron los focos y se marcharon los equipos de rodaje, aunque parece que fue ayer. Ya nadie se acuerda de este rincón perdido en el monte Mutia. No se ven safaris, como antes, sino alguna multinacional que hace prospecciones petrolíferas durante una temporada y luego se marcha. Y la presencia de Tarzán no los intimida como en otros tiempos. Ni siquiera se oyen ya los tambores de los temidos Yaconi, que tanto te asustaban, querida chita. La mayoría se marchó lejos, a la civilización, y montaron negocios de compraventa o talleres de artesanía. Pero no quiero ponerme melancólica.

Nos alegramos mucho de tus triunfos y de que todo te vaya tan bien. Guardaremos como un tesoro los recortes de periódico que nos envías en tu carta. Tarzán y Boy te mandan un beso muy fuerte. Y yo te doy otro con mis mejores deseos.

Jane

17 enero, 2010

EL ETERNO RETORNO

Pongamos que se llamara Alfredo Sandoval. Pongamos que yo tuviera dieciséis o diecisiete años. Por entonces ya había escrito dos novelitas, que empecé a los once años, y un cuento. Y quería ser escritor; no me imaginaba dedicado a otra cosa, excepto a un trabajo rutinario de oficina, tal vez en un despacho de recaudación de impuestos, que me permitiera escribir por las tardes, o por las noches, como un Pessoa de pueblo pequeño rodeado de montañas. No me gustaba hablar de eso: era como hablar de la novia que uno quiere sólo para él. Pero mis amigos lo sabían, quizá lo dijera yo en algún arrebato de euforia. Y también lo sabían algunos de mis maestros, como don Aurelio, adusto, serio, barbado, que me amonestó por haber plagiado una redacción. «Esto es un plagio, Leante, lo has copiado». Yo no sabía lo que era un plagio, pero le dije: «No, don Aurelio, me lo he inventado yo». «No mientas, Leante». «No, don Aurelio, hace años que escribo historias que me invento». Y el maestro, serio como un quijote antes de entrar en batalla, me miró con lástima, como si quisiera advertirme el camino de espinas que me esperaba. Pero no se atrevió

Teníamos dieciséis años, ya lo he dicho, tal vez diecisiete. Nos reuníamos una tarde a la semana en nuestro antiguo colegio, que ya no era colegio. Jugábamos al fútbol, al ping pong, veíamos películas, pagábamos nuestras cuotas: quince pesetas. Un día vino a visitarnos Alfredo Sandoval —pongamos que se llamara así—. Era un hombre mayor, muy mayor. Tenía más o menos la edad que yo tengo ahora, y eso, entonces, era ser muy mayor. Nuestro anfitrión me lo presentó. ¿También él conocía mis sueños? Después, Alfredo Sandoval me invitó a pasear con él por el patio del colegio, que ya no era colegio: dos porterías ajustadas a la pared, una fuente en la esquina, una trampilla que conducía a un río subterráneo. Dimos paseos cortos, de una pared a otra, como los presos en el patio de la cárcel.

Era el primer escritor al que conocía personalmente. Alfredo Sandoval me contó muchas cosas del oficio. Yo lo escuchaba atónito, incrédulo, sorprendido. Luego le hice preguntas: ¿cómo se publica un libro, don Alfredo? ¿Usted escribe lo que se le ocurre o tiene un plan previo? ¿Se puede escribir sobre lo que no se ha vivido? ¿Y cuando uno se atasca, qué pasa? Alfredo Sandoval me respondía con mucha paciencia, como si aquellas preguntas mías fueran muy importantes. Me habló sobre la novela que estaba terminando de escribir. Me confesó que se atascó en el final y un día, mientras se afeitaba, se le ocurrió la manera de resolverla: decidió que el protagonista entraría en una taberna y, después de una discusión con los parroquianos, lo lincharían a palos. Me pareció terrible y bello al mismo tiempo.

Hace un par de años, yo firmaba libros en una feria del libro. Entre firma y firma, hablaba con el librero. De repente vi a un hombre que se acercaba y hablaba con el dueño de la caseta. Era Alfredo Sandoval, treinta años después. No me cabía ninguna duda. Él no podía reconocerme. En un aparte habló con el librero y cuando intenté hablar con él ya se había marchado. Le dejó un montoncito de libros que el librero puso entre los demás. Cogí un ejemplar y lo hojeé. Era una novela autoeditada, de portada blanca, de edición pobre y poco cuidada. Le pregunté al librero y supe que Alfredo Sandoval los había llevado para dejarlos en depósito «a ver si se vendían». Compré un ejemplar por cinco euros y lo leí esa misma noche, con fruición, con angustia, con amargura. Al final de la historia, el protagonista entraba en una taberna, discutía con los parroquianos y lo linchaban hasta la muerte. Lloré como cuando leía a Galdós y quería ser como él. Lloré por los treinta años que aquella novela había tardado en publicarse. Lloré por mis dieciséis años —"¿A qué vienes ahora, juventud, encanto descarado de la vida?"—, por Alfredo Sandoval, que se marchó sin que pudiera decirle nada.

Me enteré de la Muerte de Alfredo Sandoval —pongamos que se llamara así—, hace unos meses; tarde, como siempre.

Ahora hablo delante de un público adolescente, dieciséis años, tal vez diecisiete. Un salón de actos abarrotado de jóvenes que han leído algún libro mío, o fingen haberlo hecho. Luego, hacen preguntas. Las escucho atento, como si fueran las preguntas más importantes que me han hecho nunca. En realidad, lo son: ¿cómo se publica un libro?, ¿usted escribe lo que se le ocurre o tiene un plan previo?, ¿se puede escribir sobre lo que no se ha vivido? ¿Y cuando uno se atasca, qué pasa? Intento concentrarme para no responder al tuntún. Una chica me confiesa que le gustaría ser escritora. La animo, sin pensar en el camino de espinas. Miro las caras que me miran. Algunos de ellos, dentro de tal vez treinta años, quizás antes, serán escritores. Es probable que esa chica firme libros en alguna feria. Yo a ella no la reconoceré, pero ella a mí sí; no habré cambiado tanto como un adolescente. Le ofreceré mi libro al librero, le diré que volveré en unos días «a ver si se vende». Y quizá la escritora no me diga nada, por timidez, por falta de reflejos, por torpeza; pero quizás se acuerde de un invierno de hace treinta años, cuando un escritor vino a hablarles de su obra y les confesó que estaba atascado en una escena en la que un hombre, anciano, volvía a su ciudad después de muchos años y descubría que ya nada era como antes.