jueves 19 de noviembre de 2009

FANTASMAS Y HETERÓNIMOS


Tengo una facilidad especial para atraer a los fantasmas. No sabría precisar desde cuándo; creo que desde que muy niño. Hace quince años viajé a Cuba y sin quererlo me traje pegado a mi sombra el fantasma de José Martí, El Apostol. Su espíritu me persiguió durante meses, hasta que logré darle esquinazo. En otra época fue el fantasma del Abd el-Krim el que no se separaba de mí ni a sol ni a sombra. La lista sería inacabable, desde el fantasma de Gary Cooper hasta el de Hergé —autor de Tintín—, pasando por el de Churchil y el de Jordi Oliveres —inventor del Chupachups—. Y siempre son hombres, aunque desconozco el motivo.

El problema surge cuando me cruzo con un fantasma y no soy capaz de reconocerlo. Eso me hace sentir mal. Me ha ocurrido en alguna ocasión. Desde hace unas semanas me cruzo con un vecino casi todos los días al que saludo con cordialidad, aunque apenas lo conozco. Se llama Fernando —eso lo sé ahora—, y no lo había visto nunca hasta hace un mes. Sin embargo, anoche me desperté en mitad de una pesadilla y me lo encontré sentado en los pies de la cama. Enseguida lo reconocí. Llevaba un sombrero de fieltro oscuro, gafas con montura dorada y un bigotito pasado de moda. Sacó un cigarrillo y lo encendió. «Aquí no se puede fumar», le dije sin mucha convicción. «El humo de los fantasmas no huele ni molesta, créame», me respondió. Se quedó allí mirándome, como quien mira el horizonte del mar en un atardecer. Estaba tan concentrado que no quise interrumpirlo. Al cabo de un rato se levantó, sacó del bolsillo de su chaqueta una cuartilla doblada y me la dio. La acepté sin mirarla. Salió de mi habitación cojeando ligeramente, apoyado en un bastón de bambú que no había visto hasta ese momento. Esperé un rato antes de leer lo que había escrito. Estaba en portugués.

Aceita o universo
Como t´o deram os deuses.
Se os deuses te quisessem dar outro
Ter-to-iam dado.

Se há outras matérias e outros mundos
Haja.

Acepta el universo
Como te lo dieron los dioses.
Si los dioses te hubieran querido dar otro
Te lo habrían dado.

Si hay otras materias y otros mundos,
Que los haya.

Estaba firmado por Alberto Caeiro. En seguida comprendí que mi vecino no era otro que Fernando Pessoa. O, mejor dicho, el fantasma de su heterónimo. Ahora estoy pensando qué le diré si vuelvo a cruzarme con él en el portal. Seguramente le daré las gracias por los versos y fingiré que nos conocemos de toda la vida.

domingo 15 de noviembre de 2009

ULISES



Ulises, rey de Ítaca, se quedó varado en la isla y abrió un supermercado. Pero Ulises no era trigo limpio. No llegó encantado por el canto de sirenas: huía de Penélope, gorda, arrugada y vieja; huía de Telémaco, cansado de cambiar pañales. Las manos de Ulises no olían a mar, sino a escamas y a paletilla de cordero.

Ulises mentía, las sirenas le daban asco. Ulises se echó una novia de quince años, la hizo su cajera, le dio joyas y casa, y cuando la dejó preñada abandonó la isla. Ulises era como el náufrago que trae en el rostro escrita la desgracia.

Que los dioses te confundan, hijo de Laertes, y nunca vuelvas a encontrarte con la hija de Icario. Que tus vástagos te desprecien y las sirenas te conduzcan a las rocas siniestras que destrozan las naves. Que ningún poeta te cante, que te olviden los pueblos. Que veas todas las islas y no puedas pisar ninguna.

Yo te maldigo, Ulises, parto funesto de Anticlea.

miércoles 11 de noviembre de 2009

NINFEAS O EL PLACER DEL TEXTO IMPRESO

Juan Ramón Jiménez llegó por primera vez a Madrid una mañana lluviosa de abril de 1900. Era Viernes Santo. En la estación lo esperaba un grupo de escritores encabezados por el poeta almeriense Francisco Villaespesa. Precisamente habían sido Rubén Darío y el propio Villaespesa quienes le enviaron una invitación al joven poeta de Moguer para que viajara a la capital y se incorporase al grupo para luchar por el Modernismo. Juan Ramón Jiménez se alojó en el número 16 de la calle Mayor. Tenía diecinueve años y traía en la maleta el manuscrito del que pretendía ser su primer libro de poesía. Se titulaba Nubes.

Cuando Rubén Darío y Valle Inclán leyeron el manuscrito de Nubes le aconsejaron que lo dividiera en dos volúmenes y los publicara por separado. Incluso le sugirieron los títulos. Y así lo hizo Juan Ramón Jiménez. Los dos libros salieron en septiembre de 1900, con los títulos de Ninfeas y Almas de violeta. A los prólogos los llamó "Atrios", y aquello fue motivo de más de una burla por parte de los críticos. Lo cierto es que el recibimiento de estos dos libros fue frío y negativo, en general, entre la crítica literaria. Un año después, Juan Ramón Jiménez fue internado en el Sanatorio francés de Bouscat, por una fuerte depresión.

Nifeas tuvo una edición de 500 ejemplares que se vendieron al precio de 5 pesetas. El prólogo-atrio fue un soneto de Rubén Darío:

[…] Te sientes con la sangre de la celeste raza
Que vida con los números pitagóricos crea?
Y, como el fuerte Herakles, al león de Nemea
A los sangrientos tigres de mal darías caza?

Juan Ramón Jiménez se negó siempre a que estos dos libros se reimprimieses. Le encargó a su amigo Villaespesa que comprara todos los que pudiera y los destruyese. Francisco Villaespesa cumplió su deseo. Incluso el propio Juan Ramón se dedicó durante años a pedir el libro a los amigos a los que se lo había regalado, y los hacía desaparecer.

Ignoro los libros que sobrevivieron a aquella autocensura, pero sospecho que fueron muy pocos. Tengo ahora en mis manos un ejemplar de Ninfeas. El libro está bien conservado, excepto la portada. La letra es verde, con una tipografía muy pequeña. Lo forman 35 poemas; todos están dedicados, excepto dos. En realidad, el autor sólo dedicó a sus amigos algunos poemas, pero confió la edición a Villaespesa y éste dedicó 33 poemas a personajes, muchos de ellos latinoamericanos, a los que Juan Ramón Jiménez confesó que ni siquiera conocía.

El libro no es mío; es un préstamo generoso de un amigo librero. Lo tengo en la cabecera de mi cama y leo un poco antes de dormir y antes de levantarme. Es un placer extraño, más bien extraordinario. Después me siento a teclear durante cinco o seis horas en el ordenador y siento como si la energía de esos poemas me empujara hasta media mañana. Lo acaricio y me pregunto si dentro de 109 años alguien podrá sentir este mismo placer cuando acaricie un libro electrónico con todas las obras literarias de la humanidad cargadas en su disco duro.


sábado 7 de noviembre de 2009

DRÁCULA, FLAUBERT Y EL LIBRO ELECTRÓNICO






Ya está aquí el libro electrónico. Yo aún no lo tengo, pero no pierdo la esperanza de que alguien me lo regale esta Navidad. Incluso es probable que me regalen más de uno, para leer los distintos formatos que hay en el campo de batalla de las multinacionales.

Lo que sí tengo ya son algunas de las obras que podré leer en unos meses. La mayoría me han llegado de forma espontánea, enviadas por internautas que se sienten felices de que mi biblioteca digital engorde. Otras las he encontrado yo en la red, con una pequeña ayuda. Hasta ahora no he sido capaz de leer ninguna completa en el ordenador. La lectura en la pantalla la identifico con el trabajo y no me resulta placentera. Sin embargo, he hecho algunas pruebas con resultados contradictorios.


Contaré la experiencia. En mi incipiente biblioteca digital hay varios títulos en diferentes formatos: desde el clásico Word hasta el extendido PDF. Y otros que desconocía. Entre estas obras elegí al azar Madame Bovary para experimentar sensaciones al leerla en pantalla digital.

Pues bien, con el original en la mano encontré algunas variaciones ya en el primer párrafo. Eso me provocó curiosidad y me hizo seguir leyendo. En realidad, la obra que tengo en formato digital es una Madame Bovary adulterada. De vez en cuando se cuela una frase “pirata”, una escena que no está en el original. Algún personaje cambia de nombre, e incluso la acción transcurre en lugares diferentes. Y el súmun se produce cuando Emma Bovary y Rodolph Boulanguer se conocen. Pocas páginas después yacen en un hotelito parisino, desnudos y agotados por los ejercicios amatorios: sodomía, sado, posturas imposibles… La feliz Emma llama de vez en cuando “Mi Panadero” a su amante. La novela sigue su marcha y de vez en cuando se cuela otra escenita pornográfica en un estilo que no desmerece al original y puede engañar a cualquiera que no haya leído antes a Flaubert.

¿Es posible modificar tan fácilmente las novelas digitales? Hablo con un amigo informático y me asegura que sí, y que esto es sólo el principio. Me dice que nadie ha mencionado este riesgo, porque a nadie le interesa que se sepa, pero es cierto. Da un poco de vértigo pensar en lo que se convertirán nuestras bibliotecas a partir de ahora. Cualquier hacker literario podrá rejuvenecer a don Quijote con unas nociones del estilo de Cervantes, o vestir con lencería fina a Dulcinea del Toboso. Se podrán cambiar los finales que no nos gusten. Los protagonistas podrán llevar nuestros nombres y apellidos, pensar como nosotros. Caperucita Roja podrá ser Caperucita Coja. Drácula sufrirá dentera e incontinencia urinaria. Y Santiago San Román y Montse Cambra podrán encontrarse en el desierto, montar una jaima, hacer té y pasar el resto de sus vidas cuidando cabras y ordeñando camellas.

jueves 5 de noviembre de 2009

SEXO, PUTAS Y BIBLIOFILIA





Resulta al menos paradójico que en un país como éste, en donde la obra cumbre de la literatura nacional es una novela de humor que cuenta las peripecias de un tipo que enloqueció leyendo novelas de caballería, el humor en nuestra literatura sea considerado con frecuencia un subgénero dentro de los asuntos de profundo calado intelectual que soleemos leer.

Por suerte, no todo el mundo considera el humor como género de Serie B. Tengo ahora en mis manos un libro que puede redimirnos de tanta secuela seudointelectual.

Se titula ¡Sábado, sabadete…! (Camino amoroso hacia las putas). El autor es Enrique Cantos Lodroño (Albacete, 1948), policía jubilado, que en 2008 publicó La paz volátil. Conferencia sobre el pedo.

El libro trata de superar ciertos complejos de culpabilidad, ofreciendo un punto de vista muy particular sobre algunos tabúes. Por sus páginas se pasean Julio César, el arcipreste de Hita, Helena de Troya, don Benito (taxidermista y cura de los que saben latín), Bibiano del Cazo (concejal de Chanchullos y Componendas), Sisinio (obispo local), Julián Zapata (sujeto un poco puñetero) y Zaqueo Lacárcel Vecina (presidente autonómico).

Cuenta además con ilustraciones de Jorge Selfa (Alicante, 1978), pintor amante de la mitología griega. En los dibujos en tinta se reconoce el estilo de sus cuadros y de trabajos anteriores: señoras orondas junto a caballeros esmirriados, cuerpos acoplados en perfecta comunión, escenas oníricas. Son dibujos que se convierten en un extraordinario vestido para tanto cuerpo desnudo.

El libro está editado por la Editorial Manuzio. Desde Cocentaina, el editor Pepe Grau produce obras singulares. Tiradas cortas en las que se cuida el papel, la tipografía, la encuadernación y las ilustraciones.

¡Sábado, sabadete…! Es una edición para bibliófilos, con 200 ejemplares de los que sólo se pondrán 50 a la venta.

No es apto para hipócritas, demagogas, censores y personajillos de doble moral.





lunes 2 de noviembre de 2009

AZORÍN, CASTILLO PUCHE Y EL FALSO GRECO



«El cielo se extiende en tersa bóveda de joyante seda azul. Radiante, limpio, preciso aparece el pueblo en la falda del monte. Aquí y allá, en el mar gris de los tejados uniformes, emergen las notas rojas, amarillas, azules, verdes, de pintorescas fachas.»

El texto pertenece a la novela La voluntad, que Azorín publicó en 1902, a punto de cumplir los treinta años. La primera parte de la novela, de carácter autobiográfico, se desarrolla en Yecla, donde José Martínez Ruiz pasó ocho años interno en el colegio de los Escolapios estudiando el bachillerato.

Aquí nació también el escritor José Luis Castillo Puche en 1929. Su novela Con la muerte al hombro (Premio Nacional de Narrativa, 1954) se desarrolla en Yecla, con el nombre de Hécula. El archivo y biblioteca del escritor fueron donados tras su muerte en 2004 al ayuntamiento de su ciudad. Dentro de poco contará con una sala en la Casa de la Cultura para los estudiosos de su obra.

Estoy en Yecla rodeado de literatura y pintura, en el Museo de Réplicas del Greco. Mientras hablo, miro a mi alrededor y me cuesta trabajo concentrarme. Las paredes están cubiertas por 73 reproducciones de cuadros de El Greco a tamaño real. El autor de estas reproducciones fue Juan Albert Roses (Yecla, 1898 – Madrid, 1976).

Juan Albert Roses fue alumno de Joaquín Sorolla. En 1922 comenzó a copiar cuadros en el Museo del Prado, especialmente de El Greco. Pasó una temporada en México, donde decoró el Salón de Embajadores del Palacio de las Naciones. A su regreso a España, dedicó veinte años de su vida a recorrer el país haciendo copias de los originales de El Greco. Sus 73 copias se expusieron en Latinoamérica y Europa a partir de 1953. Nueve años después, la colección llegó a España y en 1974 la compró el Ayuntamiento de Yecla. En la actualidad se expone en la última planta de la Casa de la Cultura, que en su tiempo fue el palacio de los Ortega, edificio del siglo XVIII.

Termino mi charla. Hablo con los rezagados. Saludo a mi amigo Lolo, que se hizo yeclano hace veinte años. Las luces se apagan y los cuadros se quedan en penumbra. Me gustaría quedarme un rato más, dar otra vuelta por las salas, detenerme delante del Entierro del conde de Orgaz y hacerme invisible entre las sombras de los techos abovedados contemplando el realismo de los pliegues de gasa transparentes del roquete que viste el cura a la derecha de la escena: probablemente, Pedro Ruiz Durón.

viernes 30 de octubre de 2009

MIGUEL HERNÁNDEZ



Yo tenía siete años cuando leí por primera vez su nombre. Fue en 1970. En la tapia de mi colegio apareció una gran pintada con letras rojas donde decía: «Miguel Hernández sigue vivo». Le pregunté a mi padre quién era aquel hombre, y me respondió que era un poeta que había muerto en la cárcel después de una guerra que hubo hacía mucho tiempo.

Precisamente hoy Miguel Hernández Gilabert habría cumplido noventa y nueve años. Tengo delante de mí una fotocopia de su partida de bautismo. Y según consta en el folio 188, del libro 60, sección 1ª, del registro civil de Orihuela, nació a las seis de la mañana del día 30 de octumbre de 1910.

Murió muy cerca de donde estoy escribiendo en este momento. Y desde mi terraza se puede ver la cúpula del cementerio donde está enterrado.

El año que viene se celebrará el centenario de su nacimiento, habrá congresos y ponencias, invitados de postín que nunca leyeron al poeta y fotos para la posteridad. Mientras tanto, el Ministerio de Cultura, la Generalitat valenciana, el ayuntamiento de Orihuela, el de Elche y los herederos del poeta andan cada uno por su lado, en una serie de vergonzosos desencuentros para celebrar la efemérides. También se celebrará en otros treinta y cuatro países, espero que con mayor consenso. Resulta desalentador que aquí aparezcan las rivalidades de siempre, las de los dos bandos, que ensucian el nombre y la obra del poeta.
Entre todas las tonterías que uno oye y lee en estos días, me llama la atención el proyecto de pagar a una empresa aeronáutica para que lleve un ejemplar de Perito en lunas a la Luna. Tal vez los extraterrestres lean a Miguel Hernández con menos partidismo y se queden con la esencia de su poesía. A lo mejor no es tan disparatada la idea.
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Tristes guerras
Si no es amor la empresa.
Tristes. Tristes.

Tristes armas
Si no son las palabras.
Tristes. Tristes.

Tristes hombres
Si no mueren de amores.
Tristes. Tristes.

(Cancionero y romancero de ausencias)

lunes 26 de octubre de 2009

EL CAMPO DE LOS ALMENDROS

Seis de la tarde. He quedado con Javier Ortega en el aparcamiento de un centro comercial de Alicante, en la salida por la carretera de Valencia. Corre un viento molesto que empuja las nubes y les da un color rojizo.

Javier me señala una caseta en mitad del aparcamiento. Parece que guarda en su interior un grupo electrógeno. Ahí estaba la ermita de San Julián, que le daba nombre al cerro San Julián, barrera natural con el mar, a quinientos metros de donde nos encontramos —me explica Javier—. Un poco más allá se ve la Serra Grossa. Estamos a dos kilómetros de distancia del puerto, un lugar que no permite adivinar lo que ocurrió aquí en los primeros días de abril de 1939.

Atravesamos a pie las obras del tranvía y nos colamos por una alambrada que está rota.
El cerro San Julián está hueco. En su interior hay una enorme cueva artificial que se construyó para instalar en los años veinte los depósitos de CAMPSA, cuando sustituyó a la compañía británica que tenía el monopolio de combustible y que levantó una refinería en 1875. Aquí trabajó como ingeniero el abuelo del escritor Fernando Sánchez Dragó. Comenzamos la subida por la pared sur del cerro, luchando contra el vértigo. Este cerro, que ha sufrido innumerables agresiones a lo largo de dos siglos, se fortificó en 1811. Su situación estratégica es inmejorable. Durante la Guerra Civil española, la ciudad sufrió 71 bombardeos, y ninguno afectó a los depósitos de combustible que se escondían en sus profundidades.

Entre 1936 y 1939, en la cara del cerro por la que ahora subimos, se levantaron dos construcciones de defensa aérea y vigilancia. Llegamos a la primera. Todavía se puede leer una inscripción grabada en la piedra: 17-12-37. El soldado que dejó su testimonio era de Liria (Valencia). Desde aquí se veía la llegada de los aviones alemanes desde sus bases en Palma de Mallorca, dispuestos para bombardear Alicante. A unos metros quedan los restos de un reloj de sol de la misma época con la piedra ennegrecida. Seguimos subiendo. Todavía en la cara sur, nos encontramos los restos de un nido de ametralladoras. No es muy grande. Queda un fragmento de un pasillo techado para llegar a él.

Desde la cima del cerro San Julián la vista es espectacular. Los coches del aparcamiento del centro comercial parecen de juguete. Lo que tenemos delante, en la falda norte del cerro, fue conocido en abril de 1939 como el Campo de los Almendros. Estamos a media hora del puerto. Hasta aquí llegaron los prisioneros del puerto de Alicante, en dos filas, al anochecer del 31 de marzo de 1939. El espacio que ocuparon es impreciso, pero Javier me explica la hipótesis más razonable: desde la mitad del aparcamiento donde hemos dejado los coches, hasta las instalaciones deportivas de un colegio privado. Aún quedan zonas sin urbanizar.

Unas 15.000 personas (algunos hablan del doble) llegaron aquí sobre las ocho de la tarde, escoltadas por soldados españoles e italianos. Les quitaron todo: maletas, relojes, carteras, anillos, pendientes, estilográficas, dinero. Hace setenta años esto era un campo de almendros que se convirtió en campo de prisioneros durante unos días. No había alambradas; los soldados hicieron una cerca humana que ningún prisionero se atrevía a sobrepasar. Los límites del campo por el norte los establecía la carretera de Valencia, y por el sur el cerro San Julián y la Serra Grossa (unos 3 kilómetros de largo por 500 metros de ancho). Durante los cinco días que estuvieron aquí los prisioneros, comieron un mendrugo de pan al día. Podían beber agua en la desaparecida fuente de la Goteta (probablemente a la altura de una farmacia que hay en la carretera de Valencia, frente al centro comercial), con unas colas que se hacían interminables. Se comieron los brotes de los almendros, la hierba e incluso las cortezas de los árboles. Todo quedó arrasado. La escritora Llum Quiñonero cuenta en su libro Nosotras que perdimos la Paz el testimonio de una mujer que dio a luz sobre la tierra y no pudo lavar al recién nacido. Estuvieron allí hasta el Martes Santo. Después las mujeres fueron encerradas en el cine Ideal, y los hombres repartidos entre la plaza de toros y el Reformatorio de Adultos de Alicante (actuales juzgados, en cuya enfermería murió Miguel Hernández a las 5,30 de la mañana del 28 de marzo de 1942). Otros fueron transportados en trenes borregueros al campo de concentración de Albatera, que también se llamó Campo de los Almendros, como la novela que Max Aub publicó en México en 1948.

Sorprende el olvido en que cayó este lugar y los miles de personas que pasaron por él. Hace unos años se plantó un almendro para recordar esta parte no muy conocida de nuestra historia. Al día siguiente, apareció arrancado y con una esvástica en la que se leía: "Asesinos". Cuando llegamos al aparcamiento es de noche. Enfrente se ve el cartel verde y luminoso de una farmacia, en donde pudo estar la fuente desaparecida. Escucho las voces de la gente que entra y sale del centro comercial, pero el ruido me llega como apagado. No quiero cerrar los ojos porque temo abrirlos después y encontrarme los almendros en flor y a miles de personas tiradas en el suelo, tratando de encontrar acomodo para pasar la noche. O escuchar el llanto de un niño recién nacido al que su
madre no ha podido lavar. Como si no hubieran pasado 70 años, 6 meses y 25 días.




Una de las entradas a los antiguos depósitos de CAMPSA, en las entrañas del cerro de San Julián













Reloj de sol en una garita de guardia en la cara sur del cerro de San Julián
















Inscripción junto al reloj de sol










Vista parcial del Campo de los Almendros.

miércoles 21 de octubre de 2009

ALICANTE, EL STANBROOK Y UN IMPRECISO ESTREMECIMIENTO

Estoy de regreso. Bajo al puerto para tomar de nuevo el pulso a la crisis. El número de yates en venta sigue siendo el mismo. Por primera vez en muchos años hay un otoño de verdad. Me gusta pasear por el puerto, pero al mismo tiempo este lugar me produce un estremecimiento difícil de precisar.

Alicante fue la última ciudad que tomaron las tropas de Franco, a finales de marzo de 1939. El día 30 por la tarde llegó la división italiana Littorio, dirigida por Gaetano Gambara, que junto a las tropas nacionales hicieron de la ciudad un improvisado campo de concentración. Pero durante todo el mes el puerto se había convertido en la última esperanza para miles de personas que vinieron de distintas partes del país, especialmente de Valencia. El día 27 se había producido una desbandada caótica hacia Alicante cuando el presidente de la república, Juan Negrín, con su gobierno y altos cargos del partido comunista, huyó desde el improvisado aeródromo de Monóvar.

A lo largo del mes de marzo, desde Alicante habían zarpado algunos barcos con refugiados: el Winnipeg y el Marionga; el 12 de marzo, el mercante inglés con bandera maltesa, Ronwyn, consiguió evacuar a 716 persona; el 19 de marzo, el African Trader rescató a 859. Y, de repente, se cerró la bocana.

Más de 15.000 personas se hacinaban en el puerto, que terminó por convertirse en una ratonera. El gobierno de la república había firmado un contrato con distintas navieras para que rescataran a la gente, pero el puerto estaba bloqueado por la armada de Franco, submarinos de Mussolini y aviones de Hitler.

La gente estaba desesperada. La mayoría no tenía comida, y los más afortunados cocinaban lentejas cocidas con agua de mar. En mitad de la desesperación se produjeron algunos suicidios, incluso de familias enteras. De repente, un grupo de incautos empezó a disparar ráfagas de ametralladora desde las faldas del castillo de Santa Bárbara y provocó una avalancha humana en el puerto. Murieron muchas personas aplastadas, y la mayoría de los que cayeron al mar se ahogó porque no sabía nadar.

El 28 de marzo, dos barcos consiguieron burlar el bloqueo. Se trataba del Maritime y del Stanbrook. En el primero sólo embarcaron 32 personalidades republicanas de la zona. Nadie entendía por qué no rescató a más gente. Pero el Stanbrook se convirtió en la salvación de unos cuantos más.

El Stanbrook era un carbonero británico de 1.383 toneladas, construido en 1909 y con capacidad para 24 tripulantes. Al mando estaba el capitán Dickson, que se jugó la vida embarcando a 2.638 personas al límite de la supervivencia (2.240 hombres, 398 mujeres, 147 niños de los que 14 eran recién nacidos). Zarpó del puerto de Alicante a las 11 de la noche del 28 de marzo, valiéndose de la oscuridad para burlar el bloqueo. Navegaba escorado, por encima de la línea de flotación, en zig-zag. Tomó rumbo norte, para despistar a sus posibles perseguidores; pero a la altura de Altea dio la vuelta y se dirigió a Orán. Llegó el día 29, pero no lo dejaron atracar hasta siete días después en el muelle Ravin Blanc. Fue aislado por alambradas y soldados senegaleses. La pesadilla no había terminado. Dejaron desembarcar a las mujeres, niños y ancianos enfermos. El resto de hombres permaneció un mes en el barco, sobreviviendo gracias a la ayuda de otros exiliados españoles que habían llegado antes a Orán.

Atrás quedaron alrededor de 15.000 personas atrapadas en el puerto de Alicante. Después de varias llamadas a la rendición, el 31 de marzo, hacia las 6 de la tarde, comenzó a evacuarse el puerto. Dos filas de gente sucia y rota, hundida y sin fuerzas, comenzó a caminar en silencio, con las cabezas agachadas y las manos en alto, en dirección a las afueras de la ciudad. Iban a inaugurar el tristemente célebre Campo de los Almendros, en la carretera de Valencia. Era Viernes de Dolores.

Pero eso es otra historia. Y tengo una cita con Javier Ortega para que me lleve a esas sombras de la memoria y el sufrimiento. Mientras me alejo del puerto, veo en los muelles los cines, los restaurantes, los barcos deportivos y me parece mentira que éste haya sido un lugar de desolación y muerte.









domingo 18 de octubre de 2009

LA NIÑA BONITA Y EL QUINTETO DE MONTERREY


Mexicana de Aviación: vuelo 15; puerta 15; hora 15,15. Me acuerdo, entonces, de un vendedor de cupones de la ONCE al que encontraba todas las mañanas cerca de la cafetería Inpanema, en mi camino hacia la universidad, hace más de veinticinco años. Siempre la misma cantinela y el voceo de los números y sus nombres. Sólo aprendí el de La Niña Botina: la terminación en 15. ¿Debería comprar hoy un boleto de lotería con La Niña Bonita? ¿Es un augurio que se cruza en mi camino? La tentación dura apenas unos segundos. Podría tocarme y que me cambiara la vida. Me alejo espantado del primer vendedor que me encuentro. Una hora y media después estoy en Monterrey.

Monterrey es la capital del Estado de Nuevo León. Su área metropolitana tiene cerca de 4 millones de habitantes. A la gente de Monterrey los llaman «regios». Aquí todo es enorme, incluidas las distancias. Hace 70 años, esta ciudad cobijó a un número importante de españoles que venían huyendo de la guerra civil y de la dictadura.

Este año se celebra la XIX Feria Internacional del Libro. Y, además, con la excusa de la feria nos reunimos el Quinteto de Monterrey, formado en 2007 con la única finalidad de reírnos del mundo y de nosotros mismos. Me encuentro en el aeropuerto con Perla, la primera fundadora, y poco después nos reunimos con Cecilia, alias Sesi, fotógrafa de manos. Primer paseo por la feria. Oyendo a Perla hablar de Villahermosa, capital del Estado de Tabasco, me entran ganas de viajar hacia el sur y de leer al poeta Carlos Pellicer. Dos cosas que quedan pendientes.

Por la mañana acuden los otros miembros del Quinteto. Primero me encuentro con Pepe en el desayuno, y luego llega en un vuelo tempranero Marisol. Antes de las once ya hay 35 grados de temperatura. Cruzo Monterrey por grandes avenidas, no sé si autopistas, sin saber muy bien dónde empieza y termina la ciudad. Siempre tengo la sensación de estar dando vueltas y pasar por el mismo sitio. De hecho, vuelvo a la misma emisora de radio en la que estuve horas antes, incluso la tarde anterior. Día intenso que se estira como una goma.

Por fin, tras una larga jornada, Pepe Quintanilla toma la batuta del Quinteto y nos lleva a la cantina La Nacional, en la Calzada de Madero. A comienzos de siglo, ésta fue una de las zonas exclusivas de la ciudad. Luego, la decadencia la llevó a convertirse en un gueto, una especie de Barrio Chino poco recomendable: burdeles, despachos contables (así los llama Marisol), balaceras (bonita manera de decir "tiroteos") y calles que no te invitan a mirar la luna. Sobrevivimos al barrio, pero no estoy tan seguro de sobrevivir al picante. La ciudad está oscura, iluminada por una luna menguante «pequeñamente» bella que la hace entre siniestra y misteriosa. Tengo pocas horas para dormir antes de tomar el primero de los tres aviones que me llevarán muy lejos de aquí. Me marcho de México, como otras veces, con la pena de no saber cuándo volveré.